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Arzobispo

Servir movidos por el amor

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Hay palabras que corren el riesgo de perder su fuerza. Una de ellas es amor. La escuchamos con frecuencia en las conversaciones cotidianas. Sin embargo, cuando el Evangelio habla del amor, no se refiere a un sentimiento pasajero ni a una emoción agradable. Habla de una decisión. Habla de un estilo de vida. Habla, en definitiva, de una manera de servir. 
Servir movidos por el amor significa aprender a mirar a los demás como los miraba Cristo. Cuando Jesús contempla a las multitudes, no ve una masa anónima; ve personas concretas y se conmueve profundamente por ellas, porque estaban «como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6,34). Su mirada era capaz de descubrir la dignidad allí donde otros solo veían limitación, enfermedad, pecado, fracaso o exclusión. Por eso se acercó al leproso, defendió a la mujer condenada por la multitud y se sentó a la mesa con quienes eran rechazados por la sociedad. Servir movidos por el amor significa asumir esa misma mirada. Descubrir que el prójimo no es un obstáculo, una amenaza o un competidor, sino un hermano cuya dignidad merece ser reconocida, protegida y promovida. 
Vivimos en una época marcada por profundas divisiones donde se ha multiplicado la agresividad verbal y la descalificación. Con frecuencia hacemos del otro un adversario a vencer. 
En este contexto adquieren una enorme actualidad las palabras del papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas: "La Iglesia indica un camino alternativo a la oposición ideológica entre sistemas, imaginando un orden social en el que la justicia y la caridad se entrelazan y el amor se convierte en principio de organización de la vida económica, política y cultural. Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro "ya sea persona o pueblo" como un aliado necesario para la construcción del bien común". 
El amor cristiano no se limita a las buenas intenciones. Está llamado a convertirse en una fuerza transformadora de la sociedad. Amar al prójimo implica promover la justicia, combatir la exclusión, defender la dignidad humana y trabajar por el bien común. 
Por eso servir movidos por el amor significa mucho más que realizar obras de caridad, si bien son indispensables. Significa preguntarnos cómo tratamos a quienes piensan distinto, cómo hablamos de los demás, cómo participamos en la vida pública y qué clase de sociedad estamos ayudando a construir con nuestras decisiones cotidianas. 
Una comunidad cristiana no está llamada únicamente a aliviar las heridas que deja la injusticia. Está llamada también a contribuir para que esas heridas no sigan produciéndose. El amor auténtico busca siempre la reconciliación, pero también la verdad. Busca la fraternidad, pero también la justicia. 
Nuestra sociedad necesita urgentemente esta visión. Necesita menos confrontación estéril y más encuentro. Menos indiferencia y más solidaridad. Menos discursos que dividen y más compromiso de todos a tender puentes. 
Porque al final, la medida de nuestra fe no será lo que dijimos, sino el amor con que servimos.