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Arzobispo

Un corazón abierto como el de Cristo

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

En la medida en que fortalecemos una relación viva y cercana con Cristo, nuestro corazón aprende a parecerse más al suyo. Como Él mismo nos dice: "Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). De esa experiencia brotan la misericordia, el amor sincero y la capacidad de compadecernos verdaderamente de los demás. Jesús hizo visible ese amor sin límites, sobre todo hacia los pobres, los enfermos y quienes cargaban con el dolor y el sufrimiento. 
En una sociedad marcada muchas veces por la indiferencia, el individualismo y la prisa, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús sigue siendo una invitación actual: aprender a vivir con un corazón abierto. No un corazón cerrado sobre sí mismo, endurecido por el miedo o la desconfianza, sino un corazón capaz de amar, escuchar, servir y entregarse. 
El Corazón de Jesús es un corazón abierto al Padre en la oración. Constantemente el Evangelio nos presenta a Cristo retirándose para orar, buscando el silencio y la intimidad con Dios. Desde ahí encontraba la fuerza para su misión. También nosotros necesitamos redescubrir el valor de la oración como espacio de encuentro, discernimiento y esperanza. Un corazón que no ora termina vaciándose de sentido y perdiendo sensibilidad ante los demás. 
Pero el Corazón de Jesús también es un corazón abierto a los que sufren. Cristo se conmueve ante el dolor humano, se acerca al enfermo, al pecador, al excluido, al que ha perdido la esperanza. Como el buen samaritano del Evangelio, "se compadeció de él; se acercó, vendó sus heridas..." (Lc 10,33-34). No pasa de largo. Su amor no es discurso: es cercanía concreta, servicio humilde y solidaridad verdadera. Por eso, la devoción al Sagrado Corazón no puede reducirse únicamente a prácticas externas; debe traducirse en una vida capaz de mirar al otro con compasión y misericordia. 
 Hoy necesitamos hombres y mujeres con un corazón abierto al diálogo, abiertos al perdón y abiertos al compromiso con el bien común. Necesitamos familias con capacidad de escucharse, comunidades que sepan acompañar y una Iglesia que permanezca cercana al pueblo, especialmente a quienes viven situaciones de sufrimiento, pobreza o soledad. 
 San Pablo nos exhorta: "Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (Filipenses 2,5). Esa expresión encierra todo un programa de vida cristiana. Tener los sentimientos de Cristo significa aprender a amar como Él amó, servir como Él sirvió y entregar la vida con generosidad. Significa dejar atrás el egoísmo para abrir espacio a la fraternidad. 
Contemplar el Corazón de Jesús es contemplar un amor que no excluye a nadie. Un corazón traspasado, pero no endurecido; herido, pero siempre dispuesto a amar. Allí encontramos el modelo auténtico de humanidad y el camino para construir una sociedad más justa, más solidaria y más esperanzadora. 
Que esta celebración del Sagrado Corazón renueve en todos nosotros el deseo de tener un corazón semejante al de Cristo: abierto a Dios, abierto a los hermanos y abierto siempre al servicio del amor.