La Iglesia Universal, retoma el
tiempo ordinario después de las fiestas pascuales y este domingo, después de
Pentecostés celebra, como cada año, la solemnidad de la Santísima Trinidad.
La Iglesia celebra al único Dios
Verdadero, el cual ha sido revelado, por la Encarnación del Verbo y por
Pentecostés, como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Tres personas distintas con una única naturaleza, la naturaleza Divina
(Cfr. CEC 262 y 263).
Esta Revelación queda plasmada en
la Sagrada Escritura, que, de manera particular en la Liturgia de la Palabra de
esta festividad, nos ha mostrado cuál es la esencia de Dios: DIOS ES AMOR.
El libro del Éxodo en la primera
lectura afirma que Dios es compasivo,
misericordioso, lento a la ira, clemente y leal y en el texto de San Juan
el evangelio presenta a Cristo revelando a Dios como un Padre amoroso, que ha
enviado a su Hijo Único, para salvar a la humanidad entera.
Por tanto, debemos afirmar que el
amor no es una característica de Dios, sino que es su esencia, es decir, Dios
existe para amar y como Dios es perfecto ese amor también es perfecto. Perfección que podemos contemplar en la
entrega total del Hijo por nuestra salvación, porque el Ser Humano es el objeto
del amor de Dios y la Cruz de Cristo es el signo inequívoco y perfecto de ese
amor.
Ese amor perfecto se vive también
al interno de la Comunidad Trinitaria. Y
si humanamente podemos decir que el amor humano y por tanto imperfeto, nos une
y nos hace comprendernos incluso cuando somos distintos, con cuanta mayor razón
podemos decir que el amor perfecto del Dios Trinitario une perfectamente a las tres
personas de la Trinidad, que se distinguen sólo por su misión (el Padre que
crea, el Hijo que redime y el Espíritu Santo que guía y santifica a la Iglesia)
pero que son un único Dios verdadero, de única naturaleza e iguales en
dignidad, como rezamos en el Prefacio de la Plegaria Eucarística. El Catecismo de la Iglesia Católica lo enseña
con esta afirmación: Las Personas divinas, inseparables en su ser, son también
inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta
lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la
Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.
Por esto se le ha llamado
Misterio, no tanto por la incapacidad de comprenderlo, sino porque es ante este
Misterio de Amor ante el cual los cristianos nos postramos para adorarlo, como
Moisés en el Sinaí, porque la perfección del amor trinitario se manifiesta en el
amor que Dios tiene por nosotros al darnos la Salvación por medio del
acontecimiento pascual.
Esta profesión de fe cristiana
sobre la esencia de Dios (lex credendi),
no sólo debe ser celebrada en la liturgia eucarística de este domingo (lex orandi), sino que debe ser vivida en
la cotidianidad de nuestro ser cristianos (lex
vivendi). Y esto es lo que el
Concilio Vaticano II nos enseña al decir que la Iglesia es Icono de la Trinidad, imagen de la Trinidad (LG. 4. 13).
Es decir, que el amor trinitario
debe ser vivido en la Iglesia, en quienes somos Iglesia y por tanto en la
cotidianidad de nuestra vida.
Un amor que nos una, que nos
unifique, es lo que pide Jesús en la oración sacerdotal, «Padre, que todos sean uno
para que el mundo crea» (Jn. 17, 21).
Unidad que no limite o lesione las diferencias que enriquecen la Iglesia
y enriquecen el anuncio del Reino.
Es lo que pedía San Pablo en la
segunda lectura y que el papa Francisco nos lo recordaba al afirmar que: al
invocar a la Trinidad al hacer la señal de la Cruz recordamos cuánto nos ha
amado Dios, hasta dar la vida por nosotros; y nos repetimos que su amor nos
envuelve completamente, de arriba abajo, de izquierda a derecha, como un abrazo
que no nos abandona nunca. Al mismo tiempo, nos comprometemos a testimoniar a
Dios-amor, creando comunión en su nombre [?] hoy podemos preguntarnos:
¿testimoniamos a Dios-amor? [?] ¿nuestras comunidades lo testimonian? ¿Nuestras
comunidades saben amar?
Por tanto, este amor debemos
vivirlo todos los que formamos la Iglesia.
Siendo éste el mayor testimonio que podemos dar los cristianos: vivir ese amor que nos hace uno, vivirlo y
hacerlo experiencia en nuestros hogares y en nuestros lugares de trabajo; en la
vida académica y profesional, en fin, en el diario vivir; porque es la vivencia
del amor el mayor signo testimonial, la mejor evangelización y lo que hará
volver la mirada de quienes lo reciben, no a nosotros sino a Dios quien es la
fuente del verdadero Amor.
Que esta celebración nos haga a
todos postrarnos y adorar al Dios Trinitario, como Misterio del Amor perfecto y
que nos anime a esforzarnos cada día más a vivir ese amor en la cotidianidad de
nuestras vidas para que la Iglesia de Cristo que formamos todos los bautizados,
cumpla con su tarea de ser Icono de la
Trinidad, Imagen del Amor de Dios.