Cada día, las noticias nos golpean con una nueva
tragedia en carretera. Un motociclista que no volvió a casa. Una familia
fallecida por un choque frontal. Un conductor bajo los efectos del alcohol. Un
peatón atropellado. Y detrás de cada titular: hay rostros, nombres, lágrimas y
silencios.
Costa Rica atraviesa una situación alarmante. Diversos
reportes señalan que las muertes por accidentes de tránsito han alcanzado
cifras históricas, incluso superando en algunos períodos la cantidad de
homicidios registrados en el país. Entre las principales causas aparecen el
exceso de velocidad, la invasión de carril, el consumo de alcohol y la
imprudencia al volante. Los motociclistas siguen siendo las víctimas más
frecuentes.
Pero el problema no es solamente vial. Es espiritual,
cultural y ético. Vivimos acelerados. Queremos llegar primero, aunque sea
pasando sobre los demás. Hemos confundido rapidez con éxito, agresividad con
habilidad y prisa con eficiencia. La carretera se ha convertido, muchas veces,
en un lugar donde aflora lo peor del corazón humano: intolerancia, irrespeto,
arrogancia, incapacidad de esperar.
Y entonces entendemos que cultivar la paciencia no es
un consejo opcional de buena educación; es una urgencia moral.
La paciencia salva vidas. El conductor paciente no
invade un carril por desesperación, tampoco convierte el volante en arma y
comprende que ningún minuto ganado justifica una vida perdida. La paciencia no
es debilidad; es dominio de sí mismo. Y pocas virtudes hacen hoy tanta falta en
nuestra convivencia social.
La Escritura lo recuerda con sabiduría profunda: ?El
hombre paciente demuestra gran prudencia; el impulsivo manifiesta su necedad?
(Proverbios 14,29). Cuántas tragedias nacen precisamente de un instante de
impulsividad. Un adelantamiento indebido. Una reacción violenta. Un celular
atendido ?solo un segundo?. Un ?yo sí puedo?. Y basta un momento para cambiar
una vida para siempre.
También san Pablo, al describir los frutos del
Espíritu Santo, a propósito de la recién celebrada solemnidad de Pentecostés,
menciona la paciencia (cf. Gálatas 5,22). Es decir, la paciencia no es solo un
rasgo de carácter: es señal de madurez humana y espiritual. Una persona guiada
por el Espíritu aprende a detenerse, a respetar límites, a pensar en el otro.
Necesitamos una verdadera conversión vial. No bastan
más multas, más controles o más campañas, aunque sean necesarias. Hace falta
reconstruir una cultura del respeto y del cuidado mutuo. Cada conductor debe
comprender que lleva en sus manos algo más que un vehículo: lleva la vida
propia y la de los demás.
En las carreteras también se practica el mandamiento
del amor.
Quizá la próxima vez que alguien toque la bocina con
furia, acelere imprudentemente o quiera ?ganarle? a otro conductor, convendría
recordar algo muy simple: nadie pierde nada por llegar cinco minutos después;
pero muchos lo pierden todo por no haber sabido esperar cinco segundos.
Y en medio de tanto dolor, elevemos también nuestra
mirada a la Virgen María, Madre de misericordia y camino de esperanza. Que
ella, mujer serena y prudente, nos enseñe a conducir con paciencia, respeto y
responsabilidad; a detenernos antes de la imprudencia, a pensar antes de
reaccionar y a comprender que toda vida humana es sagrada.