Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
En
la víspera de su pasión, como recoge el Evangelio de Juan, el Señor Jesús había
asegurado a sus discípulos: "Yo le pediré al Padre que les dé otro Consolador,
para que esté siempre con ustedes" (Jn 14,16). Añadiendo: "El Espíritu Santo,
que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les recuerde
todo lo que yo les he dicho" (Jn 14,26).
Hoy,
el libro de los Hechos de los Apóstoles testimonia: "De repente vino del cielo
un ruido como de un viento impetuoso...y todos quedaron llenos del Espíritu
Santo" (Hch 2,2.4). Este pasaje nos hace contemplar ese momento decisivo,
cuando los Apóstoles, llenos de asombro, reconocen el cumplimiento de la
promesa de Jesús.
Lo
acontecido no quedó encerrado en aquel día: es una promesa que continúa
cumpliéndose. El Espíritu Santo sigue siendo hoy el que enseña, recuerda,
impulsa y transforma, haciendo de la Iglesia una comunidad viva, guiada por la
presencia de Dios en medio del mundo. Ese mismo Espíritu que descendió sobre
los apóstoles continúa actuando hoy con poder, despertando la fe donde parece
apagada, fortaleciendo la esperanza en medio de las pruebas y encendiendo la
caridad en un mundo tantas veces marcado por el egoísmo. Pentecostés sucede
cada vez que el Espíritu encuentra corazones disponibles y comunidades abiertas
a su acción.
La
Iglesia nace en Pentecostés, pero también se renueva en cada Pentecostés. Allí
donde había miedo, surge valentía; donde había encierro, brota apertura; donde
había incertidumbre, aparece una certeza profunda: Dios está con nosotros. Esta
es la fuerza del Espíritu Santo: transformar desde dentro, dar claridad en
medio de la confusión y sostenernos en la misión.
Hoy,
más que nunca, necesitamos abrirnos a esa fuerza. No basta con una fe heredada
o rutinaria; estamos llamados a una fe viva, consciente, capaz de iluminar la
vida personal, familiar y social. El Espíritu Santo no es un concepto
abstracto: es presencia real, consuelo en la prueba, luz en las decisiones y
fuerza en el compromiso.
Como
pueblo creyente, en Pentecostés se nos invita a levantar la mirada. Estamos
llamados a renovar nuestra confianza en Dios, especialmente en tiempos donde la
incertidumbre, la división o el desánimo pueden ganar terreno. El Espíritu no
divide, sino que une; no confunde, sino que clarifica; no paraliza, sino que
impulsa con fuerza. Por eso, una sociedad que se abre al Espíritu se vuelve más
fraterna, más justa y más solidaria.
Cristo
prometió el Espíritu, y Dios es fiel a su promesa. En medio de nuestras
fragilidades podemos confiar: no estamos solos. El Espíritu sigue soplando, a
veces con fuerza visible, otras veces como brisa suave, pero siempre presente.
Pentecostés
es, entonces, una invitación clara: abrir el corazón, dejarse renovar, y volver
a empezar con esperanza. Que cada comunidad, cada familia y cada creyente pueda
decir con convicción: "Ven, Espíritu Santo". Porque cuando Él actúa, todo se
transforma, y lo que parecía imposible comienza a hacerse realidad.
Que
esta Solemnidad reavive en nosotros la certeza de que Dios camina con su
pueblo, y que su Espíritu sigue haciendo nuevas todas las cosas.