Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Como Iglesia de Jesucristo,
continuamos celebrando con fervor sincero estos días de alegría, es
decir estos días en los que conmemoramos el acontecimiento pascual y renovamos
nuestros compromisos bautismales.
Este domingo, la Palabra de Dios
que se nos proclama, específicamente la lectura de la Primera Carta de Pedro,
nos recuerda que el bautizado tiene el compromiso de dar razón de nuestra esperanza, incluso cuando esto signifique que nosotros
que sufrir haciendo el bien.
¿Qué significa dar razón de
nuestra esperanza?
La esperanza cristiana, nos dice
el Catecismo de la Iglesia Católica es el «anhelo
de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas
que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al
Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento;
dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del
egoísmo y conduce a la dicha de la caridad» (CEC 1818).
Por tanto, dar razón de nuestra
esperanza, como nos lo ha pedido el apóstol Pedro, significa tener claro que
nuestra meta es el Reino de los cielos y por tanto la bienaventuranza eterna. Esta convicción nos debe animar en los
momentos difíciles, porque para el cristiano el sufrimiento nunca será sinónimo
de tristeza, porque la esperanza nos protege
del desaliento y nos sostiene en todo desfallecimiento, como nos enseña el
Catecismo.
En este sentido, las palabras de
Jesús en el evangelio proclamado nos ayudan a dar razón de nuestra
esperanza. Jesús llena de ánimo a sus
discípulos de quienes se está despidiendo.
Ellos estarían llenos de dolor y desánimo ante el anuncio de la Pasión y
la inminente partida de su Maestro. Pero
Jesús les promete no dejarlos solos, permanecerá en ellos, vivo en ellos por
medio del otro Paráclito, es decir del
Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo, por eso Jesús le confirma
a los discípulos, «yo estoy en mi Padre,
y vosotros en mí y yo en vosotros».
Estas palabras también se dirigen
a nosotros, Jesús habla a sus apóstoles, pero también a todos los que lo
aman. Que mayor esperanza, para todos
nosotros los creyentes, que saber que en la unión eterna y perfecta de la
Trinidad Santísima estamos también nosotros, siendo partícipes del amor eterno
y perfecto de Dios.
También, dar razón de nuestra
esperanza significa que la meta de la bienaventuranza eterna, no es una alegría
egoísta sino que debe inspirar nuestras acciones para que tiendan siempre a la
caridad, a hacer el bien. Así lo hemos pedido en la oración colecta, que manifestemos siempre en nuestras obras
lo que repasamos en el recuerdo
La primera lectura nos ayuda a
comprender esto: Damos razón de nuestra
esperanza no sólo al vivir animados en medio de las dificultades, sino también,
cuando esta esperanza nos preserva del
egoísmo y nos conduce a la Caridad, como nos enseñaba también el Catecismo (Cfr.
CEC 1818).
Los Hechos de los Apóstoles
cuenta la experiencia evangelizadora del diácono Felipe, uno de los que, la
primera lectura del domingo pasado nos relataba que fue escogido para ser signo
de la caridad en medio de las primeras comunidades cristianas.
Hoy la lectura lo presenta en
Samaría, ciudad considerada tierra de paganos y herejes. En esa ciudad, Felipe hace signos como los
hacía Cristo, expulsando espíritus inmundos, sanando enfermos y
predicando. Signos que hicieron que
muchos se convirtieran y pidieran el bautismo y que hiciera que los apóstoles
bajaran de Jerusalén a Samaría a comprobar la conversión y a imponerles las
manos para que también los samaritanos, aquellos considerados herejes y
paganos, recibieran el Espíritu Santo.
Esa es, precisamente, la
esperanza que nos libera del egoísmo y nos impulsa a la caridad.
Por tanto, la experiencia de la
Pascua que estamos viviendo, debe convertirse en un momento privilegiado para dar razón de nuestra esperanza, desde
estas dos realidades:
·
Que las
situaciones difíciles y dolorosas, no nos hagan quitar la mirada de la meta que
es la bienaventuranza eterna y la unión con Cristo, que ha prometido permanecer
en nosotros y que nos motiven a perseverar en la fe. Así nos lo ha recordado el papa León XIV al
manifestar «Así como la vida de Jesús resucitado ya no es la misma que
antes, sino absolutamente nueva, creada por el Padre con el poder del Espíritu,
así también la esperanza del cristiano no es una esperanza humana, ni la de los
griegos ni la de los judíos; no se basa en la sabiduría de los filósofos ni en
la justicia derivada de la ley, sino única y exclusivamente en el hecho de que
el Crucificado ha resucitado y se ha aparecido a Simón (cf. Lucas 24:34), a las
mujeres y a los demás discípulos. Es una esperanza que no mira al horizonte
terrenal, sino más allá, a Dios, a esa altura y profundidad desde donde salió
el Sol para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte (cf.
Lucas 1:78-79)» (02.11.202).
·
Asimismo, este compromiso de dar razón de
nuestra esperanza, también nos impulse a vivir la caridad, así nos lo recordaba
el papa Francisco al convocar a año Jubilar:
«Estamos llamados a ser signos tangibles de esperanza para tantos
hermanos que viven en condiciones de penuria (privados de libertad, enfermos,
migrantes, adultos mayores, etc.» (SNC
10-15).
Que
Cristo Jesús, que nos ha dejado su
Espíritu, nos anime y nos impulse a vivir la esperanza por medio de la caridad
al hermano y la alegría en medio de las dificultades, porque estamos
convencidos de que la meta de nuestra vida es el Cielo.
Que ese Espíritu, que hemos recibido
desde el bautismo, nos guíe y nos fortalezca en el cumplimiento de esta misión.