Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Escuchamos
con frecuencia en nuestro pueblo decir: "el trabajo es una bendición"... y lo
es. Lo es cuando permite llevar el pan a la mesa, cuando edifica la dignidad,
cuando hace a la persona partícipe de la obra creadora de Dios.
La Iglesia, en su Doctrina Social, ha sido
clara y constante: el trabajo no es solo un medio de subsistencia, es una
vocación, una forma concreta de amar y de servir. Por eso afirma que "el
trabajo, clave esencial de toda la cuestión social, condiciona el desarrollo no
solo económico, sino también cultural y moral de las personas, de la familia,
de la sociedad y de todo el género humano".
Si
el trabajo es clave para el desarrollo integral de la persona y de la sociedad,
entonces todo aquello que lo degrada - la explotación, la precariedad, la
exclusión, la informalidad, la reducción del ser humano a mero instrumento - no
solo es una falla económica, sino una herida profunda al orden querido por
Dios.
En
el contexto actual, donde muchas veces se mide todo en términos de
productividad, rendimiento y ganancia, esta enseñanza nos confronta, pues un
sistema que crece económicamente, pero desgasta a las personas, que produce
riqueza, pero genera desigualdad, está fallando en lo esencial. Porque el
verdadero desarrollo no se mide solo en cifras, sino en la dignidad concreta de
quienes trabajan.
Defender
el trabajo digno no es una opción secundaria, es una exigencia del Señor. Allí
donde el trabajo humaniza, el Evangelio se hace visible; pero allí donde el
trabajo aplasta, el Evangelio está siendo negado.
Y,
precisamente porque es una bendición, hoy debemos decir con convicción: no todo
puede llamarse trabajo. Hay formas de actividad que generan riqueza, pero
destruyen personas; que producen resultados, pero a costa de la dignidad; que
exigen tanto, que terminan robando la vida misma. Eso no es trabajo en el
sentido pleno: es explotación, es descarte, es una nueva forma de esclavitud.
La
voz del Evangelio no puede callar ante esto. Cada jornada inhumana, cada
salario injusto, cada persona tratada como instrumento, es una herida que clama
al cielo. Dios no bendice lo que aplasta al ser humano. Y un sistema que
convierte a la persona en pieza reemplazable, aunque sea eficiente, no es justo
a los ojos de Dios.
Y
esto se vuelve aún más grave cuando la falta de oportunidades, la exclusión y
la indiferencia social terminan empujando a muchos jóvenes a caminos de muerte:
reclutados por redes criminales, convertidos en sicarios o en vendedores de
droga. Ahí el oficio ha sido pervertido hasta el extremo: ya no es fuente de
vida ni de dignidad, sino instrumento de violencia y destrucción. Una sociedad
que permite esto, que mira hacia otro lado, también está fallando en su
responsabilidad más profunda: la de cuidar la vida de las nuevas generaciones.
Por
eso, hablar de trabajo digno hoy no es solo un tema económico o social, es una
cuestión moral urgente. Donde no hay trabajo que humanice, crece la
desesperanza; y donde crece la desesperanza, se abre la puerta a la muerte. El
Evangelio nos exige no solo denunciar, sino comprometernos con la vida que se
defiende, que se cuida y que se ofrece como camino de verdadera dignidad.
Hay
que redimir el sentido del trabajo como camino de santificación, espacio de
encuentro con Dios, lugar donde se construye el Reino cuando es vivido con
justicia, solidaridad y respeto. Pidamos la gracia de no caer en la idolatría
del rendimiento. Que sepamos trabajar con responsabilidad, pero también
descansar, compartir, cuidar la familia. Que el trabajo no nos quite el alma,
sino que la exprese.
Y
que, siguiendo el ejemplo silencioso y fiel de San José Obrero, hagamos de lo
cotidiano un lugar donde Dios sigue actuando.