Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Hemos llegado al IV Domingo del
tiempo pascual, Domingo del Buen Pastor porque siempre escuchamos una parte del
capítulo décimo del evangelio de San Juan en el que el Señor se presenta con
ese título.
Este año, hemos escuchado el
inicio de este discurso, en el cual Cristo, habla de la puerta del aprisco, por
la cual entra el verdadero pastor para encontrarse con las ovejas a las cuales llama,
guía y cuida y Jesús afirma que Él es «la
puerta de las ovejas» y que aquel que entre y salga por esa puerta
alcanzará la salvación y todas las bendiciones que Él quiere dar a la
humanidad.
Pero Jesús, también habla de las
características del pastor, del verdadero pastor que entra por la puerta del
aprisco, ese pastor conoce a sus ovejas por su nombre, que las ovejas también
lo conocen a él, reconocen su voz y lo siguen, para obtener de Él el alimento,
el cuidado y la protección.
De esta forma se diferencia de
los malos pastores, que en el Antiguo Testamento el profeta Ezequiel afirmaba
que se aprovechaban de las ovejas, utilizando su leche, su carne y su lana,
pero que no les ofrecían ningún cuidado.
La promesa del Señor por medio de Ezequiel de dar un Buen Pastor que dé
la vida por sus ovejas se cumple en Jesucristo.
Él es la personificación de ese Pastor Bueno, elogiado y anhelado por el
salmista porque unge nuestras cabezas y nos lleva a vivir a su casa por años
sin término.
Así nos lo ha recordado San Pedro
en la Segunda Lectura: «con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero
ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas».
Esta figura del pastor nos
recuerda que Cristo nos llama por nuestro nombre y espera que le sigamos, él no
nos obliga, no va detrás forzándonos a caminar, sino que va delante y con su
voz, nos invita a seguirlo. No importa
donde estemos, podemos estar incluso fuera del rebaño, pero él nos llama por
nuestro nombre, nos conduce y nos hace entrar por la puerta que nos da la
salvación.
Por tanto, hoy se nos recuerda
que Él es Pastor y es Puerta, Él asume toda la responsabilidad de nuestra
salvación, no hay otro que nos salve, es Él, el Mesías y el Señor, como lo ha llamado Pedro en la Primera Lectura,
recordando que Jesucristo, a quien crucificaron, es Dios Salvador. Es Él quien ha venido para darnos vida y vida en abundancia.
Estos títulos, Puerta y Pastor, manifiestan
de modo particular la esencia de su Divinidad: Dios es amor, y sale a nuestro encuentro por
amor, nos llama por amor y nos salva por amor.
¿Cómo podemos responder a ese
amor? Surge de nuevo en esta pascua el
compromiso bautismal de ser testigos y por tanto hoy se nos invita a ser
testigos del amor de Dios. San Pedro en
la lectura de los Hechos de los Apóstoles, el día de Pentecostés, ha expresado
su predicación cuánto Dios nos ha amado, amor que se manifiesta en la injusta
condena, en la pasión llena de crueldad y en la muerte de cruz. Predicación que llegó al corazón de los
oyentes que inmediatamente pidieron el bautismo. Porque el amor testimoniado y compartido hace
que los hermanos busquen hacer experiencia de ese mismo amor.
Nos recordaba el papa Francisco:
«Jesús es
la puerta que se abre de par en par para hacernos entrar en la comunión del
Padre y experimentar su misericordia; pero, como todos saben, una puerta
abierta sirve tanto para entrar como para salir del lugar en el que se
encuentra. Y entonces Jesús, después de habernos conducido nuevamente al abrazo
de Dios y al redil de la Iglesia, es la puerta que nos hace salir al mundo. Él
nos impulsa a ir al encuentro de los hermanos» (30.04.2023).
Este compromiso bautismal de salir
al encuentro con los hermanos y ser testigos del amor de Dios se concretiza en
diversas vocaciones que el Espíritu Santo va suscitando, por esto, hoy al
celebrar la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el papa León
XIV nos ha recordado: « Escuchen la voz del Señor que los invita a vivir una vida
plena, realizada, haciendo fructificar los propios talentos (cf. Mt 25,14-30) y clavando en la cruz
gloriosa de Cristo los propios límites y debilidades [...] De este modo conocerán
al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubrirán cómo entregarse a
los demás, en el camino del matrimonio, o del sacerdocio, o del diaconado
permanente, o en la vida consagrada, religiosa o seglar: toda vocación es un
don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría» (26.04.2026).
Pidamos al Espíritu de Dios, que
cada uno de nosotros, desde nuestra vocación, hagamos presente en el mundo la
bondad, la misericordia y el amor de Cristo, Puerta de las ovejas y Buen Pastor,
en medio de los hermanos.