Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Continuamos celebrando la Pascua
del Señor, la Iglesia conmemora con alegría y esperanza el acontecimiento que
da fundamento a nuestra fe y a toda la acción evangelizadora de la Iglesia.
Este III Domingo de Pascua, la
liturgia de la palabra parece un poco contradictoria, ya que, en medio de la
alegría pascual, nos hace referencia, en las tres lecturas proclamadas, al
acontecimiento de la Cruz de Cristo.
Pero no existe ninguna
contradicción, precisamente por lo que la misma Palabra de Dios nos va
señalando.
Ciertamente existe tristeza,
desilusión y desesperanza en los discípulos de Emaús, ante todo lo ocurrido a
Jesús. La cruz era un instrumento de
tortura, vergüenza y de muerte, totalmente contrario a lo que ellos esperaban
del Mesías y por esto, regresan, llenos de dolor, a su aldea, a su vida
cotidiana.
Pero en este camino de vuelta,
Jesús, se hace compañero de camino, y estos discípulos tristes y desilusionados,
reciben del mismo Cristo Resucitado una explicación de toda la Sagrada
Escritura, con la que les manifiesta que todo lo sucedido estaba ya escrito y
era parte de la historia de la salvación trazada por Dios desde siempre.
Esa explicación, que Jesús da sin
que ellos aún lo reconozcan, hace que el corazón de estos discípulos arda de
alegría. Pero en la mesa, en el
compartir la intimidad de los alimentos, específicamente en el signo de la
fracción del pan, como lo había hecho ya en la cena pascual, aquellos dos
discípulos lo reconocen vivo y resucitado.
Ardía su corazón, lo experimentan vivo, caminando y transformando su
historia, le encuentran sentido a aquella Cruz del Viernes Santo, y la alegría
es tal, que no piensan en que es de noche, que han caminado más o menos once
kilómetros, sino que se ponen en camino de nuevo a Jerusalén, recorren de nuevo
esa legua y anuncian con gran gozo la resurrección.
El encuentro con el resucitado
hace comprender a los discípulos, y a la iglesia de todos los tiempos, que la
cruz es signo del amor de Dios, precio de nuestro rescate, esperanza de una
vida llena de la Gloria de nuestro Señor.
Asimismo, San Pedro, en el
discurso de Pentecostés que nos presentaba el libro de los Hechos de los
Apóstoles, hace referencia a la cruz, como el instrumento, con el cual los
judíos, manipulando a los paganos, hicieron morir a Jesús, pero inmediatamente
afirma que esa cruz es transformada en el trono del Mesías, el Hijo de David, el
Señor que no experimentaría la corrupción, trono desde el cual regala la
salvación a toda la humanidad.
Y, por último, también San Pedro,
pero en la segunda lectura, nos dice que esa cruz, es el precio pagado para que
la humanidad fuera rescatada y signo del amor de Dios por la humanidad.
Por eso al pedir en el salmo
responsorial, que el Señor nos enseñe el camino de la vida, Él mismo nos
indica, con la palabra proclamada, que ese camino, para llegar a la vida, es el
camino de la Cruz, no como instrumento de muerte o tortura, sino como
manifestación del amor de Dios que nos purifica para participar de su misma
vida glorificada.
Podríamos preguntarnos, ¿cómo
podemos, hoy, tener ese encuentro con el resucitado, que nos anime en medio de
las cruces que vivimos?
Para nosotros, los católicos, el
relato del evangelio, nos permite hacer una referencia inmediata a los
distintos elementos que vivimos en la Santa Eucaristía, de manera particular a
la estructura de la misa en Liturgia de la Palabra y Liturgia Eucarística. El Señor resucitado, ha caminado con los
discípulos y les ha explicado la Escritura Santa y el Señor resucitado, ha
fraccionado el pan y se los ha repartido a ellos.
Así nos los recordaba el papa
Benedicto XVI al afirmar que «Este estupendo texto evangélico contiene ya la estructura
de la santa misa: en la primera parte, la escucha de la Palabra a través de las
sagradas Escrituras; en la segunda, la liturgia eucarística y la comunión con
Cristo presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La Iglesia,
alimentándose en esta doble mesa, se edifica incesantemente y se renueva día
tras día en la fe, en la esperanza y en la caridad» (06.04.2008).
En la Santa Misa, nosotros
hacemos esa misma experiencia, Cristo Resucitado, está presente entre nosotros
de múltiples maneras, pero de manera especial, lo encontramos en la Escritura,
donde él sigue guiando el caminar de la Iglesia, del cristiano y de todo hombre
de buena voluntad y lo encontramos en las especies eucarísticas, donde presente,
real y sacramentalmente, en su cuerpo, alma, sangre y divinidad. Y se parte y reparte como alimento que fortalece
y anima nuestra vida.
Es ahí, donde de manera tan
particular y extraordinaria, podremos hacer experiencia del resucitado. Experiencia que debe motivarnos, como motivó a
los discípulos de Emaús, a los apóstoles y a toda la primera comunidad
cristiana, a salir y ponernos en camino a dar testimonio de la acción del
resucitado en la historia y en nuestras vidas.
La palabra nos ha presentado al
apóstol Pedro, que, tanto en la primera lectura, como en la segunda, no se
identifica en nada con aquel Pedro temeroso que niega a su maestro la noche del
prendimiento. El resucitado lo transforma
y le da fuerza, para ser testigo; su vida tiene sentido e incluso la muerte que
le podría costar su predicación, también tiene sentido en la resurrección de
Jesucristo.
Hoy, cuando vivimos tiempos de
crisis, de dolor, de guerra en tantas partes del mundo y de tanta violencia y
muerte en nuestra sociedad, se nos está invitando a encontrar el sentido de la
vida y, por tanto, a tantas situaciones de cruz, en Cristo Resucitado. Unámonos a él, experimentemos su amor y su
misericordia y seamos sus testigos, anunciándolo y testimoniándolo, para que
así seamos sus colaboradores en la transformación del mundo según los criterios
del Reino que nos propone los valores del amor, la solidaridad, la justicia y
la paz.