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Arzobispo

Jesús, compañero de camino

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

En el relato de los discípulos de Emaús encontramos una de las imágenes más consoladoras de la fe: Jesús no es una idea abstracta, sino un compañero de camino, un caminante inseparable que avanza a nuestro lado, incluso cuando no lo reconocemos.

Aquellos dos discípulos iban de regreso, derrotados, con el corazón pesado por la desilusión. Habían esperado, habían creído... y ahora todo parecía perdido. Y es precisamente en ese momento - cuando la fe vacila y el sentido se oscurece - cuando el Señor se acerca.

También nosotros hemos transitado por ese camino. Es el camino de los días grises, de las noticias que duelen, de las pérdidas, del cansancio interior que no siempre sabemos nombrar. Ese dolor - silencioso y persistente - tiene la capacidad de nublar la mirada. No solo nos entristece: nos encierra. Nos hace girar sobre nuestras propias preocupaciones hasta el punto de no advertir que Alguien camina con nosotros.

Los discípulos de Emaús "no podían reconocerlo" porque el dolor había estrechado su horizonte. Algo similar nos ocurre cuando la aflicción es recia, cuando la vida pesa, cuando la esperanza parece haberse agotado, se vuelve difícil percibir la presencia de Dios. Y, sin embargo, Él no se aparta.

Jesús camina a nuestro ritmo, no acelera, no abandona. Escucha primero. Deja que el corazón se desahogue. Pregunta, se interesa, se hace cercano. Y luego, con una paciencia infinita, comienza a iluminar el sentido de lo vivido. Su palabra no es un discurso frío, sino un fuego que lentamente enciende el interior, por eso, al hacer recuento de lo vivido los discípulos recuerdan: "¿No ardía nuestro corazón...?". Esa es la señal de su presencia: algo en nosotros vuelve a la vida.

El dolor no desaparece como por arte de magia, pero deja de ser un callejón sin salida para convertirse en un sendero que, poco a poco, comienza a iluminarse. El Resucitado no borra el misterio de la cruz ni lo simplifica; lo atraviesa con nosotros, lo habita, y desde dentro lo transfigura, abriendo en medio de la desesperanza un horizonte nuevo.

Por eso no se cansa de hablarnos. Nos alcanza en la Escritura que arde en el corazón, en la sencillez de los gestos cotidianos, en las manos tendidas que nos sostienen cuando flaqueamos, y en ese susurro interior, persistente y fiel, que nos invita - una y otra vez - a levantarnos y seguir caminando.

Y llega el momento del reconocimiento. A veces ocurre en lo cotidiano, en lo sencillo: al partir el pan de la vida, al compartir, al detenernos. De pronto comprendemos que nunca estuvimos solos.

Y, sin embargo, la experiencia de Emaús no termina en la intimidad de un encuentro personal: culmina en un regreso. Aquellos discípulos, que habían huido abatidos, se levantan y vuelven a Jerusalén, vuelven a la comunidad, al lugar donde la fe se comparte, se contrasta y se sostiene. También nosotros estamos llamados a dar ese paso: a salir de nuestros encierros, de la fe vivida en soledad, para redescubrir el misterio de la comunión. Es en la comunidad donde el Señor se hace nuevamente presente, donde su palabra se confirma y el corazón encuentra apoyo. Volver a Jerusalén es volver a los hermanos, es dejarnos reunir, es comprender que nadie camina solo cuando aprende a caminar con otros, con la certeza, además, de que en Jesús tenemos al Compañero que jamás se cansa de caminar a nuestro lado.