Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Llegamos
al V Domingo de Cuaresma, que es el último domingo antes de iniciar la Semana
Mayor.
La
liturgia de este día nos sigue presentando el itinerario de preparación para la
Pascua, como un camino de iniciación cristiana, es decir, un camino que ayuda a
disponerse de la mejor manera a quienes serán bautizados la noche santa de la
Pascua, pero también nos ayuda a todos en nuestra preparación para que
renovemos solemnemente, en esa misma celebración, nuestros compromisos
bautismales.
Los
domingos anteriores, la Palabra de Dios nos ha hablado de tres elementos que
son propios del rito del bautismo, específicamente se hizo referencia al agua,
en el evangelio de la Samaritana, a la unción, en la lectura sobre la elección
del rey David y a la luz, en el evangelio del ciego de nacimiento.
Este
domingo, la Palabra de Dios nos hace meditar sobre cuál es el regalo que el bautismo
da a la persona humana, al hablarnos sobre la resurrección.
El
profeta Ezequiel, en la primera lectura, presenta una promesa al pueblo elegido
que vive el sufrimiento del exilio en Babilonia.
El
pueblo de la primera alianza, se siente como muerto al estar lejos de la Tierra
Prometida, ante este sufrimiento YHWH promete infundirles su Espíritu, sacarlos
del sepulcro, es decir del exilio y hacerlos retornar a Israel.
Dios
promete, que regalará su Espíritu, el cual tiene poder de dar nueva vida y
transformar el dolor, que hacía sentir al pueblo elegido que estaban muertos,
en la alegría de retomar su vida en el lugar que Dios había destinado para
ellos desde siempre.
Ese
mismo Espíritu, que transformó la vida del pueblo de Israel en el destierro, es
el que Pablo, en la segunda lectura, indica que «si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará
también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rom. 8, 11).
Finalmente,
el texto del evangelio de San Juan nos presenta la narración de la muerte y la
resurrección de Lázaro y todo lo que ese acontecimiento nos enseña.
·
Primero, este acontecimiento, muestra a Jesús, como ese Dios
compasivo que sufre con el dolor del ser humano, específicamente con el
sufrimiento Marta y María, que no sólo eran las hermanas de Lázaro sino además
sus amigas.
·
Segundo, este pasaje evangélico presenta el sufrimiento y el
dolor del mismo Cristo, que llora ante la tumba de su amigo.
·
Tercero, Jesús confirma que su misión es venir al mundo para
que el ser humano tenga vida eterna, al decir Yo soy la resurrección y la vida.
El que cree en mí no morirá jamás.
·
Cuarto, los títulos que Marta da a Jesús manifiestan esa
presencia de Dios en medio de la historia, que viene a cambiar la suerte de la
humanidad: Marta llama a Jesús, Cristo
y le da el título de Hijo de Dios, el que
tenía que venir al mundo.
·
Por último, el momento de la resurrección de Lázaro, Jesús, dice el texto, lo llama con voz potente. Como Dios creador, Jesús, con solo la
palabra, infunde su Espíritu y le da nueva vida a Lázaro.
San
Juan Pablo II nos enseñaba a la luz de este evangelio: «ante la tumba de
Lázaro, Cristo fue el Profeta de su propio misterio: del misterio pascual, en el que la muerte
redentora sobre la cruz se convierte en la fuente de la nueva Vida en la
resurrección» (08.04.1984).
Este
es el regalo del Bautismo, Dios, compadecido de nuestra limitación, nos da su
Espíritu, que nos da nueva vida, nos configura con Cristo, nos hace coherederos
de la salvación y por tanto nuestra meta es resucitar para vivir eternamente
con Cristo. Así lo enseña el Catecismo
de la Iglesia Católica: «En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las
fuentes del Bautismo [?] Los bautizados se han "revestido de Cristo"
(Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica,
santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13)» (CEC 1225 y 1227).
Y
esta verdad se comparte. Quien ha hecho
experiencia de la Resurrección de Cristo sale a anunciarlo, así lo hicieron las
mujeres que vieron el sepulcro vacío y los discípulos de Emaús y así lo
hicieron también los apóstoles después de recibir el Espíritu en Pentecostés.
Por
esta razón, quienes se preparan para recibir el bautismo la noche santa de la
Pascua y quienes renovaremos nuestras promesas bautismales, no sólo nos
alegramos al reconocer los regalos que el bautismo hace a nuestra vida, sino
que también nos comprometemos a dar testimonio de esta verdad, con palabras y
acciones que colaboren en transformar este mundo según los valores del Reino
instaurado por Jesucristo.
Que,
al acercarnos a la Semana Mayor, dejemos que el Espíritu de Dios - ese mismo que
promete dar vida nueva a su pueblo y que resucitó a Jesús de entre los muertos - renueve también nuestro corazón y nos disponga a acoger con humildad y
confianza los dones que nos regala la Pascua de Cristo. Que este tiempo de
gracia renueve en nosotros la certeza de que Cristo camina a nuestro lado,
comparte nuestras lágrimas, nos guía y anima con su palabra, nos hace
partícipes de su vida gloriosa y nos invita a vivir como testigos de su
Resurrección, llevando consuelo, esperanza y misericordia a quienes más lo
necesitan.