Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
La
Semana Santa nos sitúa ante los acontecimientos centrales de nuestra fe: la
Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor. Estos días santos piden algo más
que atención; reclaman el corazón entero. Es tiempo de levantarnos
interiormente, de disponernos con decisión a acompañar a Jesús en las horas
decisivas de su entrega.
Estos
días son una oportunidad para caminar con Él, para escuchar su Palabra con
espíritu dócil y dejarnos transformar por su amor. Cada celebración es una cita
viva con Cristo.
El
amor de Dios nos conmueve y llama: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su
Hijo único" (Jn 3,16). Dios ha amado primero. Ha amado hasta el extremo. Ante
ese amor, la respuesta no puede ser tibia: sino consciente, agradecida y
comprometida.
Pero,
¿Qué celebramos en estos días santos? Celebramos a Jesucristo que comparte la
mesa, abraza la cruz y abre el sepulcro para regalarnos vida nueva. Nos
acercamos a él y lo hacemos con nuestra propia historia a cuestas: con
alegrías, cansancios, luchas y esperanzas. Cada celebración toca algo muy
humano, muy concreto.
El
Jueves Santo nos lleva al cenáculo y allí Jesús se arrodilla y lava los pies a
sus discípulos. Entonces comprendemos algo esencial: el amor verdadero se
inclina, se acerca, sirve. También,
Jesús parte el pan y dice: "Hagan esto en memoria mía" (cf. Lc 22,19). En una
mesa sencilla, el Señor se queda para siempre en la Eucaristía y nos enseña que
la vida se hace fecunda cuando se comparte.
El Viernes Santo nos coloca frente a la cruz. Jesús pronuncia palabras que estremecen: "Todo está cumplido" (Jn 19,30). No es derrota; es entrega total. En esa cruz están nuestras propias cruces. Allí caben las lágrimas, las pérdidas, las preguntas que no encuentran respuesta inmediata. Mirar al Crucificado es descubrir que Dios no se queda lejos del sufrimiento humano, sino que lo asume y lo transforma desde dentro. Un momento de silencio ante la cruz puede decir más que muchas palabras.
Celebración
culminante es la Vigilia Pascual. En la noche del sábado Santo se enciende la
luz esplendorosa que vence la oscuridad. Escuchamos el anuncio: Cristo ha
resucitado. "¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?" (Lc 24,5). La
tumba vacía nos recuerda que ninguna noche es eterna. La esperanza tiene
fundamento. La vida nueva es realidad.
Estos
días santos son una oportunidad para reconciliarnos, orar en familia y renovar
la confianza en Dios. Con gestos sencillos y corazón abierto, cada uno puede
vivir una Pascua verdadera. Cuando dejamos que Cristo entre en nuestra vida,
renace la alegría y se fortalece la esperanza para seguir caminando. La muerte
no tiene la última palabra.