Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Al
reflexionar sobre las tentaciones de Jesús en el desierto (Cf. Lc 4,1-2),
fácilmente podríamos concentrarnos únicamente en la intensidad del combate. Sin
embargo, antes de contemplarlo tentado, conviene mirarlo orando pues el desierto
no es solo el escenario de la prueba, es ante todo el lugar del encuentro con
el Padre.
Antes del enfrentamiento con el tentador, está
la comunión profunda con Dios. En el silencio, en el ayuno y en la austeridad,
el Señor se afirma en su identidad de Hijo y en la misión recibida. No responde
a la tentación desde la improvisación, sino desde una intimidad cultivada.
Allí, en la soledad habitada por el Espíritu se fortalece la fidelidad a su
misión.
La
oración de Cristo en el desierto no es evasión, no huye del mundo: se prepara
para servirlo. En esa intimidad con el Padre se fortalece su obediencia y se
clarifica su camino. La Cuaresma nos ofrece precisamente eso: recuperar el
centro, volver al corazón, a reencontrarnos con Dios en la quietud que tantas
veces evitamos.
Vivimos
rodeados de ruido, urgencias y distracciones. Sin embargo, el alma necesita
desierto. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que la oración es la
relación viva de los hijos de Dios con su Padre (cf. n. 2565). No es un
ejercicio opcional ni un mero cumplimiento; es respiración del espíritu. Cuando
se debilita la oración, se debilita también la claridad interior y la fortaleza
ante la prueba.
Jesús
nos enseña que la verdadera fuerza nace de la comunión con el Padre. En el
desierto, Él no improvisas respuestas: habla desde una relación cultivada en la
oración. La Palabra que pronuncia frente a la tentación es la misma que ha sido
cultivada en el silencio. De ahí brota su firmeza.
Para
nosotros, la Cuaresma puede convertirse en un entrenamiento del corazón. No se
trata solo de multiplicar prácticas, sino de profundizar en la calidad del
encuentro. Orar es estar con Dios, dejarse mirar por Él, permitir que su luz resplandezca
y decidamos permanecer en ella.
Hay
quienes dicen: "No sé orar", "me distraigo", "me canso". También en el desierto
hay sequedad. Pero la perseverancia en la oración, aun cuando se vuelve árida y
silenciosa, es un camino de purificación interior. No siempre experimentamos
consuelo ni emociones intensas; con frecuencia lo que el Señor concede es algo
más profundo y más verdadero: claridad para discernir, humildad para reconocer
nuestra fragilidad, fortaleza para permanecer.
Jesús
mismo nos previno con palabras decisivas y desafiantes: «Velen y oren para que
no caigan en tentación» (Mt 26,41). No dijo simplemente "resistan", ni "confíen
en sus fuerzas", sino oren. La vigilancia cristiana es un corazón despierto
ante Dios. La oración no elimina mágicamente la prueba, pero nos dispone para
atravesarla con fidelidad.
Cuando
perseveramos en la oración - aunque parezca seca, repetitiva o sin fruto
visible - algo se ordena dentro de nosotros. Se purifican las motivaciones, se abajan
los orgullos sutiles, se ensancha el corazón para acoger la voluntad del Padre.
Así,
la oración constante nos sostiene en el combate espiritual. Nos recuerda que no
estamos solos y que la gracia actúa incluso cuando no la percibimos. Quien ora
persevera; quien persevera, crece. Y en ese crecimiento silencioso se gesta la
verdadera libertad del discípulo. Que esta Cuaresma nos encuentre decididos a
volver al desierto interior. Allí nos espera Dios mismo.