Audiencia General
Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días -oráculo del Señor-: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jer 31,33).
Inspirándose en esta promesa del profeta Jeremías, el Papa León XIV abrió su catequesis en la audiencia general del miércoles 11 de marzo de 2026 en la Plaza de San Pedro continuando el ciclo de reflexiones dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II, iniciado el 7 de enero. En esta ocasión, el Santo Padre centró su meditación en el segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la Iglesia como Pueblo de Dios.
El Pontífice explicó que el designio de salvación de Dios se despliega en la historia a través de la elección de un pueblo concreto. Desde la llamada a Abraham, a quien prometió una descendencia numerosa como las estrellas del cielo, hasta la liberación de la esclavitud y la alianza sellada con Israel, el Señor acompaña, cuida y reúne a su pueblo cada vez que se dispersa. Su identidad no proviene de méritos humanos, sino de la acción gratuita de Dios y de la fe en Él. Está llamado a ser luz para las naciones, un faro que atraiga a todos los pueblos.
El Concilio -recordó el Papa citando Lumen gentium (n. 9)- enseña que todo ello fue preparación de la alianza nueva y perfecta realizada en Cristo, la revelación plena del Verbo hecho carne.
Esta es la Iglesia -explicó el Obispo de Roma-: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo y que es él mismo el cuerpo de Cristo; no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra.
Su principio unificador no es una lengua, una cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, según una espléndida expresión del Concilio «una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz».
Prevost precisó que se trata de un pueblo mesiánico, cuya cabeza es Cristo. Por eso, quienes forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino solo del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijos e hijas de Dios. En tal sentido, el Sucesor de Pedro resaltó la importancia de estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios antes de cualquier tarea o función.
Este es también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad.
Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todos, el Papa recordó la Iglesia no puede replegarse sobre sí misma. Si bien pertenecen a ella los creyentes, el Concilio recuerda que todos los hombres y mujeres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual -prosiguió Su Santidad-, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos.
Texto completo: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260311-udienza-generale.html
Fuente: vaticannews.va