Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
La
Cuaresma es una invitación sencilla y a la vez exigente: volver a poner la vida
en camino de conversión. Seguir a Cristo no es solo cambiar algunas costumbres,
sino dejar que su luz transforme lo que pensamos, lo que sentimos, cómo
tratamos a los demás y las decisiones que tomamos en lo pequeño y en lo grande.
Convertirse es vivir con un corazón libre y abierto en todo momento al amor
transformador del Señor, capaz de reconocer sus fragilidades y de caminar
siempre con mucha esperanza, pues la conversión es un don, un regalo si hay
disponibilidad de nuestra parte.
Este
tiempo actúa como una escuela de espiritualidad: nos invita a revisar la vida
con sinceridad, a reconocer lo que necesita ser purificado y a abrirnos a la
gracia que renueva. Es un camino que nunca se agota, porque la conversión
cristiana es permanente: siempre hay algo que sanar, algo que aprender y algo
que entregar.
Cuando
Jesús proclama: "Conviértanse y crean en el Evangelio" (Mc 1,15), nos llama a
orientar la vida hacia el amor, a dejar que la fe transforme lo que somos por
dentro y lo que hacemos externamente. La conversión no se puede fragmentar: no
basta con prácticas religiosas si el corazón sigue cerrado, ni con palabras
piadosas si nuestras relaciones permanecen marcadas por la indiferencia o el
desprecio. La verdadera conversión es integral: toca la mente y el corazón,
pero se reconoce en lo concreto, en cómo tratamos a quienes nos rodean, en cómo
practicamos la justicia y en cómo asumimos nuestra responsabilidad en la
sociedad. Es, en definitiva, aprender a vivir cada día con un corazón más
humano y en consecuencia abierto al Evangelio.
La
Cuaresma nos recuerda que la fe no se vive a medias, sino desde lo profundo del
corazón. El ayuno, la oración y la limosna "los gestos de siempre en este
tiempo" no son metas en sí mismas, sino caminos que nos ayudan a salir de
nuestro propio encierro. Cuando se practican con sinceridad, nos devuelven la
sensibilidad por el hermano, nos recuerdan que nadie debería pasar
desapercibido y nos abren espacio para Dios en medio de una vida tantas veces
saturada de ruido, prisa y urgencias. Son, en el fondo, oportunidades para
volver a lo esencial: escuchar, compartir y confiar.
Pero
la conversión permanente no se queda en la intimidad de cada creyente: también
alcanza a nuestras comunidades y a las estructuras que sostienen la vida
eclesial. Volver al Evangelio significa preguntarnos con sencillez y valentía
si nuestras prácticas reflejan de verdad la misericordia, la justicia y la
cercanía de Jesús. No basta con tener templos llenos si los corazones
permanecen fríos; no basta con discursos piadosos si nuestras relaciones siguen
marcadas por la indiferencia o la exclusión. La conversión auténtica nos pide
dejarnos cuestionar, incluso cuando eso incomoda, y atrevernos a cambiar lo que
ya no transmite esperanza ni revela el rostro de Cristo. Es abrir espacio para
que nuestras comunidades sean más humanas, más fraternas y más transparentes,
donde cada persona pueda sentirse acogida y reconocida como parte de la familia
de Dios.
La
Cuaresma no es un tiempo para la tristeza ni para la culpa estéril. Es un
tiempo de gracia, una oportunidad para volver a empezar, sabiendo que Dios no
se cansa de llamarnos ni de esperarnos. La conversión permanente no nace del
miedo, sino del encuentro con un Dios que ama primero y que siempre ofrece un
camino nuevo.