Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
La
Cuaresma es un retorno del corazón a lo esencial. Es un tiempo de gracia en el
que Dios nos llama a volver a lo que verdaderamente sostiene nuestra vida. Y lo
esencial, en la vida cristiana, tiene un solo nombre: la caridad, porque Dios
es amor. Es, en otras palabras, aprender a amar. Sin caridad, la fe se reduce a
teoría. El apóstol Pablo lo dice con fuerza: "aunque repartiera todos mis
bienes y entregara mi cuerpo, si no tengo amor, nada soy" (cf. 1 Cor 13). No
dice "soy poco", sino "nada". Así de central es el amor en la vida cristiana.
Convertirse
a la caridad es aprender a mirar de otro modo. Descubrir que el hermano no es
competidor, ni estorbo, ni amenaza, sino alguien cuya vida me concierne. Es
pasar de la indiferencia a la compasión, del juicio apresurado a la paciencia,
del rumor que hiere a la palabra que edifica. La conversión no consiste en
maquillar conductas externas, sino en abrir el corazón para que Dios lo
transforme desde dentro.
Es
reconocer con humildad que a veces nos hemos endurecido; que hemos pasado de
largo ante quien sufre; que nos hemos acostumbrado a ver sin involucrarnos. La
verdadera conversión es dejar que Dios nos renueve por dentro. Convertirse es
pedirle al Señor un corazón sensible, libre de la ceguera de la indiferencia:
una mirada que no juzga de lejos, sino que se acerca; que no se excusa, sino
que se compromete.
La
Cuaresma es tiempo para aprender de nuevo a amar: de manera más concreta, más
cercana, más humana. Necesitamos corazones abiertos, capaces de dejarse tocar
por el sufrimiento del otro y de actuar en consecuencia. La caridad es el amor
mismo de Dios derramado en el corazón humano, que nos capacita para amar como
Él ama. Es virtud teologal porque nace de Dios y conduce a Dios. Es el centro
que da sentido a la fe que profesamos y a la esperanza que nos sostiene.
En
una Costa Rica marcada por la polarización, la descalificación y la dureza en
el lenguaje público, la caridad se vuelve urgente y necesaria. No es debilidad:
es fuerza espiritual. No es ingenuidad: es madurez del corazón. Amar en serio
implica sacrificio, renuncia al propio ego y capacidad de perdón. Supone elegir
el respeto cuando otros eligen la ofensa; tender puentes cuando parece más
fácil levantar muros.
Por eso la Cuaresma nos propone el ayuno, la oración y la limosna: no como fines en sí mismos, sino como pedagogía del amor. Ayunamos para descentrarnos de nosotros mismos. Oramos para abrir nuestro corazón a Dios, Amor infinito. Compartimos para que nadie quede excluido de nuestra mesa.
La
caridad también tiene una dimensión social: no puede reducirse al ámbito
privado. Amar es comprometerse con la dignidad del otro, especialmente del más
frágil. Es asumir que el dolor del pobre, del enfermo, del olvidado, me
interpela personalmente.
Al
final, seremos examinados en el amor. No en el prestigio alcanzado, ni en los
cargos ocupados, ni en los aplausos recibidos.
Seremos
examinados en el amor concreto. En el tiempo que regalamos, en la paciencia que
ejercitamos, en el perdón que ofrecimos cuando nos costaba. En la visita que
hicimos, en la llamada que no postergamos, en el gesto silencioso que nadie
vio. Porque el amor verdadero casi siempre es discreto, pero nunca pasa
desapercibido ante Dios.