Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Hay hogares
donde una silla quedó vacía. Hay familias que aún esperan una llamada que no
llegará. Hay nombres que ya no se pronuncian en voz alta porque duelen
demasiado. Cuando una vida se pierde en la carretera, no es solo una
estadística la que aumenta: es una historia la que se interrumpe, un proyecto
que se apaga, un duelo que comienza.
En un país ya
golpeado por diversas formas de violencia, las muertes en carretera se suman
como una herida silenciosa, persistente, que a veces normalizamos. Pero no
debería ser así. Cada pérdida merece respeto, memoria y una pregunta honesta:
¿qué nos está pasando como sociedad?
Lo que ocurre
en la carretera no es ajeno a nuestra manera de vivir. En el volante afloran
prisas, tensiones, agresividades contenidas. El afán de llegar primero, la
impaciencia frente al error del otro, la sensación de que la norma estorba
cuando retrasa. Conducir se vuelve entonces una extensión de nuestras
relaciones: a veces cuidadosas, muchas veces descuidadas.
No todo es
mala ?suerte?. Muchas tragedias nacen de decisiones pequeñas que se subestiman:
una distracción, un exceso de velocidad, un gesto de arrogancia, una norma
ignorada. Y aunque nadie sale de casa pensando en causar daño, el daño ocurre
cuando dejamos de pensar en los demás.
En la
carretera no estamos solos. El que va adelante, el que viene de frente, el que
cruza la calle, no es un obstáculo: es una persona. Tiene familia, historia,
alguien que lo espera. Recordarlo cambia la forma de conducir. Nos devuelve
humanidad en medio del asfalto.
Cuidar la vida
es una práctica cotidiana. Está en frenar a tiempo, en ceder el paso, en
respetar los límites de velocidad, en manejar atentos. Está en comprender que
llegar unos minutos antes nunca vale más que una vida misma.
También
necesitamos bajar el tono como país: menos agresión, menos violencia
normalizada, menos desprecio por el otro. La carretera puede ser un espacio de
tensión o un lugar de convivencia. Esa elección se hace cada día, cada vez que
tomamos el volante.
El Señor Jesús
lo expresa con una sencillez que interpela: ?Traten a los demás como quieren
que ellos los traten a ustedes? (Mt 7,12). Nadie quiere ser empujado,
intimidado ni puesto en riesgo. Aplicar esta regla en la carretera es una forma
concreta de cuidar la vida y de honrar a quienes ya no están.
Cuidarnos en
el camino es cuidarnos como sociedad. Es decir, con hechos y no solo con
palabras, que la vida importa.
Pidamos al
Señor que nos conceda discernimiento al conducir, prudencia en cada decisión y
respeto por la vida propia y ajena. Amemos nuestra vida y la del hermano como
regalo de Dios.