Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Hemos iniciado el pasado domingo la lectura del Sermón de la
Montaña, el primer gran discurso que el evangelio de San Mateo pone en boca de
Jesús.
Este discurso iniciaba con nueve sentencias llamadas
Bienaventuranzas, que nos exhortaban a hacer experiencia de la misericordia de
Dios para replicar esa misericordia con los hermanos.
Ese llamado a vivir las Bienaventuranzas, tal y como lo ha manifestado
Jesús, es lo que le permite al Maestro decir a sus discípulos que ellos deben
ser sal de la tierra y luz del mundo, es decir, que si el creyente vive el
espíritu de las Bienaventuranzas, será en el mundo luz y sal.
El papa Benedicto XVI hizo una rica explicación sobre estos
dos elementos de los que habla Jesús: «La sal, en la cultura medioriental,
evoca diversos valores como la alianza, la solidaridad, la vida y la sabiduría.
La luz es la primera obra de Dios Creador y es fuente de la vida; la misma
Palabra de Dios es comparada con la luz, como proclama el salmista: "Tu palabra
es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino" (Sal 119,105)» (06.02.2011).
Por tanto, quien vive las Bienaventuranzas, hace presente en
el mundo los valores del Reino, es decir, la solidaridad, el amor, la justicia
y la misericordia de Dios que quiere transformarlo todo en camino de salvación
para toda la humanidad.
Así como la sal evoca la alianza, el cristiano está llamado a
hacer presente, en medio del mundo, los regalos que la alianza trae para todo
ser humano, es decir la salvación, que nos asegura una vida junto a Dios.
Pero Cristo, ha querido que los regalos de esta salvación se
vivan desde nuestra peregrinación en este mundo. Ciertamente la plenitud del
Reino la viviremos en el Cielo, pero Dios, quiere que, desde nuestra vida
terrena, los regalos del Reino sean vividos por todos sus hijos.
Por esto, junto a la evocación de la Alianza, la sal recuerda
la solidaridad, el amor y la misericordia. Acciones con las que los cristianos,
estamos llamados a hacer presente en medio del mundo las mismas acciones que
Cristo ha realizado en favor de la humanidad.
Concretamente, estas acciones las enumera el profeta Isaías
en la primera lectura: Dar pan al hambriento, techo al desvalido y vestido al
desnudo. Estas acciones harán que el creyente ilumine, con la luz de la
misericordia, las tinieblas del mundo.
Por esto Jesús da un paso más al afirmar que la solidaridad y
la misericordia son la luz que ilumina el mundo, pero que también ilumina la
vida del que está en tinieblas, permitiéndole hacer experiencia de Dios y de
esta forma glorificarlo. Dice Jesús «Brille así vuestra luz ante los
hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que
está en los cielos».
Por tanto, las buenas obras siempre deben llevarnos al
encuentro con Cristo, tanto a quien las hace como a quien las recibe.
De este modo, ser sal y ser luz, es hacer presente, en medio
de nuestro peregrinar, a Cristo y nunca a nosotros mismos. Al respeto, afirma
tajantemente San Agustín «Una cosa es buscar en la buena acción tu propia
alabanza y otra buscar en el bien obrar la alabanza de Dios. Cuando buscas tu
alabanza, te has quedado en la mirada de los hombres; cuando buscas la alabanza
de Dios, has adquirido la gloria eterna. Obremos así, no para ser vistos por
los hombres; es decir, obremos de tal manera que no busquemos la recompensa de
la mirada humana. Al contrario, obremos de tal manera que busquemos la gloria
de Dios» (Sermón 338).
La palabra de Dios de este Domingo, por tanto, nos llama a un
compromiso serio y exigente: Ser presencia del Señor en medio del mundo; ser
sal y ser luz, para iluminar las tinieblas del mundo y para que los hermanos
conozcan y glorifiquen a Dios.
Que, como Pablo, en la segunda lectura, podamos decir que
hemos podido responder a este llamado, porque nuestra vida de fe, nuestro
testimonio cristiano y nuestras buenas obras dependen del poder de Dios y no de
nuestra limitada sabiduría humana y así, ayudemos a los hermanos a encontrarse
con el Señor, para que hagan experiencia de su misericordia y se conviertan en
sus discípulos.