Responsive image

Arzobispo

Prosigamos como hermanos

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Hemos dejado atrás un proceso electoral intenso, cargado de palabras fuertes y emociones desbordadas. Ahora, surge una pregunta más profunda y más exigente: ¿Cómo volvemos a tratarnos como hermanos? Porque votar distinto no debería convertirnos en extraños, y mucho menos en enemigos.

La fraternidad es una llamada concreta: cuando le anuncian a Jesús que su madre y sus hermanos lo buscan, Él responde: "El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,46-50), redefiniendo así la familia no por la sangre, sino por la fidelidad al servicio, al bien y al amor.

Jesús entendió la fraternidad de una manera radicalmente humana. No la construyó sobre la uniformidad ni sobre el pensamiento único, sino sobre el reconocimiento del otro como prójimo. Cuando le preguntaron quién era ese prójimo, no respondió con teorías, sino con una historia concreta: alguien herido al borde del camino, necesitado de cuidado, ignorado por muchos y atendido por quien menos se esperaba (Lucas 10,25-37). La fraternidad, para Jesús, empieza cuando dejamos de pasar de largo.

La caridad que Él propone no es solo limosna ni gesto puntual. Es una manera de mirar. Es negarse a reducir al otro a una etiqueta. Es recordar que el otro es persona; antes de ser problema, es hermano.

Después de procesos que dividen, el gran riesgo es alimentar el resentimiento. El rencor termina encadenándonos. El odio no construye, la venganza no sana, el desprecio no libera. Perdonar no significa justificar ni olvidar, sino negarse a seguir viviendo desde la herida.

Fraternidad no es pensar igual. Es aprender a convivir sin anularnos. Es discutir sin deshumanizar, disentir sin humillar, defender convicciones sin destruir vínculos. En una sociedad plural, la fraternidad es el arte de sostener diferencias sin romper el tejido que nos une.

Jesús fue especialmente duro con quienes se creían moralmente superiores. No porque defendieran valores, sino porque olvidaban la misericordia. La verdadera caridad no mira desde arriba, sino desde al lado. No señala primero, acompaña. No excluye, integra. No se complace en tener razón, sino en cuidar la vida.

Hoy, más que grandes discursos, necesitamos gestos sencillos: escuchar sin interrumpir, bajar el tono, pedir perdón cuando haga falta, dejar de menospreciar al que piensa distinto. La fraternidad se construye en lo cotidiano.

Fomentar la fraternidad no es tarea de unos pocos. Empieza en cada conversación, en cada palabra, en cada decisión de no devolver golpe por golpe. Volver a tratarnos como hermanos no es ingenuidad; es una opción valiente.

Jesús nos enseña así: solo cuando nos reconocemos hijos de un mismo Padre, podemos empezar a vivir como verdaderos hermanos.