Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Nos
duele el alma. Esta es la única forma de iniciar una reflexión sobre la triste
y preocupante situación de inseguridad por la que atraviesa nuestra querida nación.
Las
estadísticas que señalan la imparable ola de violencia en Costa Rica son el
espejo de una profunda crisis moral y social. El año 2023 ha quedado marcado en
nuestra historia reciente como un punto de inflexión doloroso, al registrar un
aumento histórico en la tasa de homicidios, una tendencia que, lamentablemente,
se mantiene en niveles alarmantes.
La
cruda realidad es que esta violencia tiene nombre: Crimen Organizado y
Narcotráfico. La inmensa mayoría de estos crímenes son ajustes de cuentas y
lucha por el control territorial por el sucio negocio de drogas, una guerra
silenciada que se libra en nuestras calles. Esta tragedia no golpea por igual;
se ensaña con las comunidades más vulnerables, especialmente nuestras zonas
costeras (Limón y Puntarenas) y los anillos de pobreza de nuestra ciudad
capital (San José). Son estas zonas, ya marcadas por la desigualdad y la
exclusión, las que se han convertido en escenarios casi cotidianos de
balaceras.
Lo
más doloroso es ver cómo el crimen organizado se nutre de la desesperanza, a
consecuencia de la exclusión educativa, la pobreza y la falta de oportunidades
para nuestros jóvenes, lo que se convierte en el caldo de cultivo perfecto para
que sean captados por estas redes delincuenciales, perdiendo así el país una
parte de su futuro.
A
la luz del Evangelio y Magisterio Social de la Iglesia (DSI), recordamos que la
Dignidad Humana es el valor supremo. Todo ser humano, independientemente de su
condición, es sagrado. Por tanto, garantizar la vida y la seguridad de los
ciudadanos no es una opción política; es un deber ineludible del Estado y un
imperativo moral de la sociedad.
El
aumento constante y desmedido de la violencia es una grave afrenta al Bien
Común. La paz es fruto de la justicia, y la justicia requiere que trabajemos en
las causas estructurales del mal. El problema de la violencia no se resuelve
solo con más policía y más cárceles; requiere una respuesta integral. Dolorosamente
hemos permitido que una cultura de la muerte se instale, donde la vida del otro
vale muy poco.
Frente
a esta coyuntura, no podemos permanecer en silencio. Es urgente que todos nos
involucremos, pero especialmente las Autoridades Públicas: señalo como
fundamental deponer las diferencias meramente partidarias y consolidar una
estrategia de seguridad multisectorial que aborde tanto la acción policial
(recursos para OIJ y Fuerza Pública) como la inversión social de largo plazo.
Urge fortalecer la prevención en las zonas vulnerables, ofreciendo educación,
deporte y formación en auténticos valores como alternativa real al crimen.
Hago un llamado urgente a fortalecer los lazos
familiares, a acompañar y guiar a nuestros jóvenes. El fortalecimiento del tejido
social debe ser la primera línea de defensa contra este mal. No podemos
acostumbrarnos a la violencia ni ser indiferentes ante el dolor del hermano,
donde quiera que viva.
Nuestras parroquias deben fortalecerse como
centros de esperanza y promoción humana, especialmente en los barrios más
azotados y vulnerables. Debemos ser instrumentos de reconciliación y tejedores
de paz en el día a día.
No
permitamos que Costa Rica, se nos pierda en un baño de sangre. Es tiempo de
levantarnos con fe y valentía para defender la vida. Que el Señor nos conceda
la gracia de construir una Costa Rica donde reine la justicia, la fraternidad, el
amor en Cristo que es nuestra Paz.