Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
La Fiesta del Bautismo del Señor
que celebramos este domingo, es el enlace entre las fiestas navideñas que hoy
terminan y el inicio del Tiempo Ordinario.
La distribución del Año Litúrgico,
con sus ritos y celebraciones, pedagógicamente nos ayuda a introducirnos
profundamente en las verdades de la fe que profesamos.
De esta manera, concluir el
Tiempo de la Navidad, con la Fiesta del Bautismo del Señor, inicio de la vida
pública de Cristo, fiesta que también marca el inicio del Tiempo Ordinario, nos
hace recordar lo que se ha dicho desde el inicio de la Navidad: que el acontecimiento del nacimiento del
Salvador no puede nunca separarse del acontecimiento pascual porque el niño
nacido en Belén, es el Emmanuel, el Dios con nosotros, el mismo que predicó, el
mismo que hizo milagros, el mismo que murió en una cruz, el mismo que resucitó
y ascendió al cielo para llevar a cada miembro de la familia humana junto con
él.
Ver entonces a Jesús adulto,
recibiendo el bautismo en el Jordán de manos de Juan, en este último día de la
Navidad, nos ayuda a comprender este misterio profundo del Dios que se hace
hombre para salvarnos.
La Palabra de Dios proclamada,
nos ayuda a adentrarnos en este misterio. Las tres lecturas hacen mención del
Espíritu Santo. El Profeta Isaías, en este cántico del Siervo de YWHW, dirá que
este personaje misterioso recibirá el Espíritu del Señor que le permitirá manifestar
e implantar justicia, llevar luz a las naciones, abrir los ojos a los ciegos, sacar
a los cautivos de la cárcel y a los que habitan en tinieblas, también Pedro
en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, manifiesta que Jesús ungido con
la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos
por el diablo.
Por último, el texto del
Evangelio de Mateo, que narra el bautismo de Jesús, presenta una Teofanía, una
manifestación del Dios trinitario: el Hijo que recibe el bautismo, el Espíritu
que desciende sobre él y el Padre que habla «Este es mi Hijo amado, en quien
me complazco».
Estas palabras del Padre nos
permiten comprender la relación profunda de esta fiesta del Bautismo, con la
totalidad del misterio salvífico que abarca desde la encarnación del verbo
hasta el acontecimiento pascual.
Jesús es el hijo amado del
Padre, es el Siervo de YHWH anunciado por el profeta, es el que cumple
todas las promesas y en quien habita el Espíritu desde la eternidad. No es que
Jesús recibe el Espíritu con el Bautismo en el Jordán, sino -como hemos dicho
en la oración colecta es revelado solemnemente por el Padre, para que
así inicie su ministerio público. En palabras actuales, podríamos decir, que el
Padre le da las credenciales al Hijo, para que inicie la misión encomendada
desde siempre a quien ha sido Dios, con el Padre y con el Espíritu, desde la
eternidad.
El Dios que ha entrado en nuestra
historia naciendo de María Virgen en Belén de Judea, en un momento de su vida
terrena, precisamente en el momento del Bautismo, inicia su vida pública, y se
hace luz de las naciones, haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo
y llevará a culmen su misión, muriendo y resucitando por nuestra salvación.
El papa Francisco nos enseñaba
diciendo: «en la orilla del Jordán, Jesús nos revela el sentido de su
misión: Él ha venido para llevar a cabo la justicia divina, que es salvar a los
pecadores; ha venido para tomar sobre sus hombros el pecado del mundo y
descender a las aguas del abismo, de la muerte, con el fin de recuperarnos e
impedir que nos ahoguemos. Él nos muestra hoy que la verdadera justicia de Dios
es la misericordia que salva [?] Dios es misericordia, porque su justicia es la
misericordia que salva, es el amor que comparte nuestra condición humana, que
se hace cercano, solidario con nuestro dolor, entrando en nuestras oscuridades
para restablecer la luz» (08.01.2023).
Por eso esta fiesta nos permite
contemplar la totalidad del don misericordioso del misterio salvífico y nos
prepara para que, durante el Tiempo Ordinario, captemos con más fervor y con
más apertura de corazón, las palabras, los gestos y las acciones milagrosas de
Cristo durante su vida pública, que manifiestan la cercanía y el amor del Dios
que se ha encarnado.
Pero el Bautismo de Cristo,
necesariamente nos hace volver la mirada a nuestro propio Bautismo. Porque
nosotros sí recibimos el don del Espíritu en el Bautismo y nos transformamos en
Templos del Espíritu Santo en ese momento de nuestra historia personal. Este
Espíritu es quien nos da la fuerza para cumplir nuestra misión de bautizados en
medio del mundo, la cual siempre será hacer presente a Cristo con gestos,
palabras y acciones.
Por tanto, llenos del Espíritu
Santo, tomemos en serio nuestro compromiso bautismal y, como Jesús, hagamos el
bien a los hermanos, seamos manifestación de la misericordia de Dios con los
que sufren y procuremos colaborar para que tantos hermanos que están oprimidos
por el mal, hagan experiencia del amor de Dios, gracias a nuestros gestos de
misericordia, cercanía y solidaridad.