Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Estamos celebrando con mucha
alegría la solemne Octava de Navidad, para quienes somos cristianos esta es la
fiesta más importante después de la Pascua y sin la cual la Pascua no tendría
sentido, porque celebramos el nacimiento de nuestro Salvador, Dios que asume
nuestra condición humana en el seno de María para redimirnos con su muerte y
resurrección.
El Enmanuel, el Dios con nosotros, aquel a quien habían
anunciado los profetas desde antiguo y a quien contemplamos recién nacido en el
pesebre, asume nuestra condición humana para transformar nuestra suerte,
haciéndonos hijos y herederos de su misma vida gloriosa. En palabras de San Ireneo de Lyon «El Verbo de Dios, el Hijo de Dios se hizo
hombre, para que el hombre entrando en comunión con él, se convirtiera en hijo
de Dios».
Este regalo maravilloso, dado a
la humanidad por la encarnación del Verbo, implica que el Dios eterno, perfecto
y trascendente, asuma nuestra condición humana, «haciéndose igual a nosotros en todo, menos en el pecado», como dirá
la Carta a los Hebreos (Cfr. Hb. 4, 15).
Esta verdad, fundamental de
nuestra fe cristiana, implica que la segunda persona de la Trinidad asuma la
vida humana en todas sus dimensiones, por tanto, se encarna en el vientre
purísimo de María, y nace, como verdadero hombre, pequeño, frágil y vulnerable,
y por tanto necesitado de la ayuda de aquellos a quienes el Padre les encomendó
esta tarea: su madre, la Santísima
Virgen, de quien el Verbo toma carne y San José, su padre putativo, es decir
Dios, para salvarnos, ha asumido también la vida familiar y la ha santificado.
Por esto, este domingo de la
octava de la Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia porque
que el Verbo hecho carne, asume la vida familiar como el camino natural de la
vivencia del ser humano. Es en la
familia, donde Él será cuidado, protegido, alimentado; donde será educado,
donde aprenderá a hablar y a caminar.
Será en la familia donde aprenderá un oficio y se le guiará en el camino
de la fe.
La Iglesia propone a la Familia
de Nazareth como ejemplo de vida familiar, así lo recordaba el papa Benedicto
XVI al manifestar que la familia de Jesús, María y José «es
una familia como todas las demás y, en cuanto tal, es modelo de amor conyugal,
de colaboración, de sacrificio, de ponerse en manos de la divina Providencia,
de laboriosidad y de solidaridad; es decir, de todos los valores que la familia
conserva y promueve, contribuyendo de modo primario a formar el entramado de
toda sociedad» (28.12.2008).
Por esto la palabra de Dios
proclamada este domingo nos señala el camino a seguir para llevar adelante
nuestra vida familiar a ejemplo de la Familia de Nazaraeh.
El libro del eclesiástico
recuerda que los hijos deben honrar, respetar, cuidar a sus padres y san Pablo
en la carta a los colosenses afirma que la relación familiar debe basarse en la
compasión, la bondad, la humildad, la paciencia, el perdón y por encima de
todo en el amor como vínculo de unidad.
Sólo así, cuando el vínculo de unidad es el amor mutuo, podrá entenderse
y sostenerse la vida familiar. Sin el amor
auténtico como fundamento de la vida familiar será imposible que nos
perdonemos, que nos tengamos paciencia, que nos respetemos y que nos cuidemos.
Este amor auténtico va más allá
de un sentimiento meramente humano y superficial, es el amor que nace de tener
a Dios en el centro de nuestras vidas y dejarnos guiar por sus palabras y
enseñanzas.
Así lo hizo la familia de
Nazareth. El evangelio de este domingo
nos narra como en tres ocasiones Dios, manifestando su amor de padre, habla a
José para que actúe de manera que la familia estuviera protegida: el Señor por medio del ángel les indica que
huyan a Egipto, luego les dice que pueden regresar a tierra de Israel y por
último, por seguridad, que se establecieran en Nazareth. Por tanto, el amor que debe mover a nuestras
familias nace de dejarnos amar primero por Dios, de dejarnos guiar por sus palabras
y de hacer su voluntad.
Éste es, precisamente, el ejemplo
que nuestras familias deben tomar de la Sagrada Familia de Nazareth: dejarnos amar por este Dios que nos protege y
nos cuida, escuchar sus palabras que siempre nos muestran el camino para crecer
como seres humanos y, con su gracia, hacer su voluntad.
Sólo así, nuestras familias,
imperfectas y limitadas, podrán convertirse en escuelas de amor para todos sus
miembros, en el ámbito privilegiado para crecer integralmente en las virtudes
cristianas de la humildad y del amor. Caminando
juntos, guiados por el Señor, aún en medio de nuestras diferencias, ayudándonos
mutuamente, aprendiendo unos de otros, riendo y llorando juntos, construyendo,
en nuestras familias verdaderas comunidades de vida y amor (Cfr. G.S. 48) y de
esta manera colaborar para que lo que vivimos en el seno del núcleo familiar, sea
fermento en la Iglesia y en la sociedad en general.
La fiesta de la Sagrada Familia,
por tanto, nos recuerda el compromiso cristiano de no descuidar la institución
de la familia, no descuidar la vida de la fe en la familia, no descuidar la
educación integral de los más jóvenes ni el cuidado solidario de los adultos
mayores, solamente así estaremos custodiando la vida de cada hermano y
contribuiremos a que nuestras sociedades sean más justas y solidarias.
¡Feliz Navidad, que el Niño de Belén los bendiga!