Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Este último domingo del Adviento, la liturgia de la
Palabra nos hace volver la mirada al ya inminente nacimiento de nuestro
Salvador Jesucristo. La Iglesia nos
llama a prepararnos, ahora sí, a la conmemoración del acontecimiento de la
Navidad, la primera venida del Señor, cuando el Hijo de Dios, el Enmanuel,
segunda persona de la Trinidad toma carne, como la nuestra, para redimirnos.
Los textos de la palabra de Dios que se proclaman
este domingo ayudarnos en este camino de preparación para la Navidad, ya que
nos muestra lo que este acontecimiento significa para la humanidad entera.
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En primer lugar, en el
evangelio, San Mateo nos explica quién es el que va a nacer. Por medio del ángel, el Señor indica a José
que el niño que está en el seno purísimo de María es obra del Espíritu Santo y que
se le ha dado un nombre específico y por tanto una misión: Se llamará Jesús, es decir YHWH salva, porque
este niño salvará a su pueblo de sus
pecados.
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En segundo lugar, Mateo,
explica que el acontecimiento del nacimiento de este niño es el cumplimiento de
las promesas mesiánicas. María es la
Virgen anunciada, en la primera lectura, por el profeta Isaías y que dará a luz
un hijo que tendrá el nombre de Emmanuel, es decir Dios-con-nosotros.
Este
nombre, manifiesta la cercanía de Dios con la humanidad. Este niño que nace, en la fragilidad de un
recién nacido, es el Dios omnipotente, eterno y perfecto, que por amor asume
nuestra condición humana para salvarnos, es Dios que irrumpe en la historia
humana y la transforma en historia de Salvación.
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En tercer lugar y siguiendo
a San Mateo en el evangelio, se nos presenta la figura de José, quien es
presentado como hombre justo, es
decir un hombre que sabe escuchar a Dios y busca hacer siempre su voluntad.
Por
esto, aunque José ya había tomado una decisión al enterarse del embarazo de
María, esa decisión cambia al escuchar la voluntad de Dios y pone su vida por
completo al servicio de Dios que le encarga ser el custodio fiel de sus grandes tesoros, Cristo y María, como nos
enseñaba el Beato Pío IX, al proclamar a San José como Patrono de la Iglesia
Universal (Cfr. Beato Pío IX, Quemadmodum
Deus, 1).
Estos tres elementos entresacados del evangelio de
este domingo, nos ayudan a prepararnos para la celebración de la Navidad,
porque nos hace recordar, primero, que la centralidad de la Navidad es Cristo
Jesús, el salvador del ser humano; Cristo que siendo Dios, se hace cercano a la
humanidad, entra en la historia y la transforma en historia de salvación y;
segundo, porque como José, estamos llamados a prepararnos para la Navidad «confiando
totalmente nuestra vida a la infinita misericordia de Aquel que realiza las
profecías y abre el tiempo de la salvación» (Benedicto XVI, 19.12.2010).
También
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que prepararnos para la
celebración de la Navidad implica vivir nuestra misión apostólica de bautizados
y por tanto anunciar a Cristo Jesús.
San
Pablo anuncia a Cristo, enunciando las verdades más importantes de la fe, lo
que llamamos Kerygma: Jesucristo nació,
murió y resucitó para hacernos partícipes de su vida gloriosa.
El cristiano, celebra el acontecimiento de la
Navidad, anunciando la verdad del nacimiento del Enmanuel, es decir, anunciando
que Dios ha asumido la condición humana, se ha hecho cercano y ha dado sentido
a nuestra vida, porque se ha hecho hombre para que el hombre participe de la
misma vida de Dios.
Este anuncio de las maravillas que trae el Mesías
que está por llegar, lo hacemos, cada uno de los bautizados, según la propia
vocación, guiados, como María y José por el don del Espíritu que habita en
nosotros, haciendo la voluntad de Dios, colaborando con el anuncio del
evangelio, siendo cercanos y haciendo el bien a los hermanos, para que nuestras acciones sean presencia de
Cristo para los demás (Cfr. Directorio homilético, 109).