Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Este domingo iniciamos un nuevo
Año Litúrgico al comenzar el Adviento. Este
tiempo que nos prepara para la venida del Señor, es un período que se
caracteriza por la esperanza del creyente que confía y profesa que, Cristo que
viene, trae la salvación para todos los seres humanos.
Aunque, a estas alturas del año,
todo nos hace pensar en la cercanía de la Navidad y, por tanto, en la
celebración del nacimiento de Jesucristo; la liturgia nos quiere recordar que
no sólo nos preparamos para celebrar la primera venida de Cristo, sino que ayuda
a meditar sobre el modo en que debemos estar preparados para la segunda y
definitiva venida de Jesús.
Por esta razón, la primera parte
de este tiempo del Adviento nos recuerda la necesidad de estar preparados para el
momento en que se cumpla lo que profesamos en el credo: Jesús volverá para juzgar a vivos y
muertos y su reino no tendrá fin.
Pero esta verdad de nuestra fe y
el hecho de que se nos pida meditar en esto, en los primeros días del Adviento,
no busca ocasionar temor, sino por el contrario, como ya se ha indicado, busca
llenar de esperanza a todos los creyentes y la palabra de Dios así nos lo
recuerda.
Jesús, en el evangelio de Mateo
que se proclama este domingo, ha dejado claro que no es posible conocer el día cuando venga el Hijo del hombre, pero
que será como en los días del diluvio o en los días de Sodoma y Gomorra,
indicando que todos estaban en la cotidianidad de su vida cuando se dieron esos
acontecimientos. Con esto, Jesús
manifiesta, que no debemos esperar situaciones de terror ni creer en anuncios
de catástrofes, sino que debemos estar preparados, en medio de nuestra vida
cotidiana, esperando su venida, la cual mostrará su gloria y su amor por todo
el género humano.
Así lo recuerda la lectura del
profeta Isaías, cuando afirma, que, a pesar de la infidelidad del pueblo de
Israel, Dios promete que mostrará su gloria en el monte de la casa del Señor, y que cambiará todos los instrumentos
de guerra (las espadas y las lanzas) en instrumentos para labrar la tierra (los
arados y las podaderas). Por tanto, la
promesa del Señor es que el día de su regreso, manifestará su gloria, su amor y
traerá la verdadera paz a la humanidad entera.
Por tanto, este inicio del Adviento
nos invita a tener la esperanza cierta de que el Señor va a volver y lo hará
para llenarnos con su amor y a perfeccionar nuestra vida, la cual ha constituido
semejante a la suya desde el acontecimiento pascual de Cristo.
Así nos lo recordaba el papa
Benedicto XVI al afirmar que la Esperanza cristiana es «Esencialmente, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento
de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz
y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan
grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte
puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre
a la perspectiva de la bienaventuranza eterna» (07.12.2007).
Por esta razón, el cristiano debe
vivir manifestando esa esperanza que nos abre a la bienaventuranza eterna, es
decir, la esperanza no es simplemente saber que nuestra meta es el cielo, sino
que es caminar, peregrinar hacia ese destino, manifestando esa fe en la
salvación.
Esto se hace, como nos lo decía
san Pablo en la segunda lectura, cuando nos revistamos de las armas de la luz y colaboramos en hacer
presente el Reino de Cristo, ya desde nuestra peregrinación por este mundo.
Al respecto nos enseña el papa
Francisco: «Velar no significa tener los ojos materialmente abiertos,
sino tener el corazón libre y orientado en la dirección correcta, es decir,
dispuesto a dar y servir. [...] La espera de la venida de Jesús debe traducirse,
por tanto, en un compromiso de vigilancia [...] Vigilancia significa,
concretamente, estar atento al prójimo en dificultades, dejarse interpelar por
sus necesidades, sin esperar a que nos pida ayuda, sino aprendiendo a prevenir,
a anticipar, como Dios siempre hace con nosotros (01.12.2019).
Por tanto, manifestemos, en este
Adviento que estamos iniciando y siempre, la verdadera esperanza de los
cristianos, procurando que nuestras acciones sean esas armas de la luz que
reflejan las acciones del mismo Cristo, porque somos capaces de amar, de
entregarnos por el hermano, de perdonar, de compadecernos; en fin, porque somos
testimonio en el mundo de la misericordia de Dios.