Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Comenzamos
un nuevo Año Litúrgico con el Adviento, tiempo de espera, de esperanza, de
preparación interior. Cuatro semanas en las que el corazón se dispone a acoger
la presencia de un Dios que no nos abandona, que entra en nuestra historia con
delicadeza, sin estruendo, pero con fuerza transformadora.
El
Evangelio lo dice con claridad: "Dios no envió al Hijo al mundo para condenar
al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él" (Juan 3,17). Entonces,
si el Adviento anuncia la venida del Señor para salvarnos, conviene
preguntarnos: ¿de qué nos salva Jesús?
No
se trata de una idea abstracta ni de un acontecimiento lejano. Es una salvación
que toca lo más concreto de nuestra vida cotidiana. A veces pensamos que "salvación" se refiere solo al alma, como si Dios viniera a rescatar una parte
de nosotros y no la totalidad de nuestra existencia. Pero Jesús salva al ser
humano en su integralidad: cuerpo y espíritu, historia y destino. Su Evangelio
sana, consuela, libera, perdona. No se mide por lo que evita, sino por lo que
transforma.
Jesús
no viene a quitarnos los problemas, sino a habitar en medio de ellos. No aparta
la cruz, pero acompaña cuando pesa. No nos saca del mundo, sino que nos enseña
a vivir en él con un corazón reconciliado. Su acción salvífica no es mágica ni
instantánea: es un encuentro. Y todo encuentro verdadero transforma.
Dios
no irrumpe por la fuerza. Se acerca con ternura, llama y espera. Por eso el
Adviento tiene el tono sereno de la espera confiada. No esperamos a un héroe
lejano, sino a un Dios que se hace pequeño, que se abaja para abrazarnos, que
salva desde el amor.
Jesús
nos salva del miedo que paraliza, del egoísmo que encierra, del rencor que
amarga, de la desesperanza que nos hace creer que nada puede cambiar, de la
prepotencia que aplasta. Nos salva cuando nos recuerda que somos amados,
incluso cuando fallamos. Nos salva cuando nos hace levantar la mirada hacia los
demás y nos enseña a servir, porque en el amor que se entrega sin medida se
revela el rostro de Dios.
Adviento
es una oportunidad para dejar que esa salvación empiece ya, en lo concreto: en
la familia que necesita reconciliación, en el trabajo donde falta justicia, en
el barrio donde la solidaridad ha sido olvidada. Jesús viene para nacer allí
donde el corazón humano vuelve a abrirse a la ternura.
Cada
año el Adviento nos recuerda que el mundo puede comenzar de nuevo. Que las tinieblas
no tienen la última palabra. Que hay luz en medio de la noche. Que Dios no se
cansa de amarnos. Por eso encendemos las velas, no solo como símbolo, sino como
compromiso: cada luz que encendemos proclama que aún creemos en la promesa, que
aún esperamos, que aún confiamos.
Dispongámonos
desde ya a recibir a Jesús que viene, no para juzgar, sino para levantar. No
para imponer, sino para amar. No para condenar, sino para salvar. Esa es la
buena noticia del Adviento: que Dios entra en la historia no a la fuerza, sino
con ternura; no para quitarnos la humanidad, sino para llenarla de su plenitud.
Por
eso, en medio de las tensiones, los miedos y las heridas del momento actual, no
apaguemos la esperanza. Adviento no es un paréntesis piadoso: es una escuela de
confianza. Es el momento de volver a creer que Dios sigue actuando en lo
pequeño, que la historia no está perdida, que cada gesto de amor cuenta.
Encendamos,
entonces, las luces del Adviento como signo de esperanza. Que cada llama sea
una oración por quienes sufren, una promesa de reconciliación y verdadero amor.