Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Como
cada año, concluimos el ciclo litúrgico de los domingos, con la solemnidad de
Jesucristo Rey del Universo.
Esta
celebración nos propone unos textos de la Sagrada Escritura en la Liturgia de
la Palabra que nos hacen meditar en tres elementos importantes que encierran el
título que se le da a Jesús en esta solemnidad:
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En primer lugar, se nos explica, ¿por qué Jesús es Rey?
La lectura del libro de Samuel
narra el momento de la unción del rey David, como soberano de todas las tribus
de Israel, logrando de esa manera la unificación de todo el reino de Israel.
Esta unción de David como rey de
aquella nación, se da porque todos los representantes de 12 las tribus
coinciden en el hecho de que en David se cumple la promesa de Dios de que un renuevo del tronco de Jesé sería el pastor para todo el pueblo de Israel.
La unidad de las 12 tribus y la
paz conseguida durante el reinado de David, hacen que la figura de este rey se
idealizara y, por esta razón, una vez que la paz y la unidad dejaron de
existir, las promesas mesiánicas anunciaban que el Mesías debía ser un rey,
descendiente de David y con la capacidad de pastorear al pueblo para así consolidar
de nuevo la unidad y la paz en todos los hijos de Israel.
La
Sagrada Escritura nos enseña que Jesús es quien cumple todas las promesas
mesiánicas: Él es el descendiente de
David, Él es quien pastoreará para consolidar la unidad y la paz, ya no sólo del
pueblo elegido sino de la humanidad entera.
Jesús
mismo se presenta como quien cumple todas estas promesas mesiánicas: se autodefine como el Buen Pastor, que reúne
a toda la humanidad en un solo rebaño (Jn. 10) y él mismo dice que es Rey,
cuando Pilato lo interroga en el juicio que lo llevará a la Cruz. Por tanto, Jesús es el Rey - Mesías, que
viene a dar paz, unidad y salvación a todo el género humano.
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Esto nos lleva al segundo punto: ¿Cómo ejerce Jesús esta
potestad real?
Todo
este Año Litúrgico hemos escuchado, durante los domingos, el
evangelio de San Lucas, el cual es conocido como el evangelio de la
misericordia, porque enfatiza, con las palabras y las acciones de Jesús, que
Dios es un padre lleno de compasión y de misericordia por todos sus hijos.
El
evangelio que se proclama en esta solemnidad de Cristo Rey no es la excepción y
presenta a Jesús, en el momento culmen de su misión salvífica, prometiendo el
paraíso al llamado buen ladrón que,
arrepentido, pide a Jesús que se acuerde de él al llegar a su Reino.
Del
mismo modo, San Lucas presenta, al momento de la crucifixión, varios elementos
que recuerdan que Jesús es Rey: la tabla
con la condena así lo dice, la burla de los soldados y de uno de los ladrones que
lo llamaban rey de forma despectiva y la petición del ladrón arrepentido.
Por
tanto, el evangelio de este domingo nos enseña que Jesús ejerce su potestad
como Rey perdonando, teniendo misericordia y prometiendo la vida eterna no sólo
al ladrón arrepentido, sino a la humanidad entera, por medio de su entrega en
la Cruz.
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Finalmente debemos preguntarnos: ¿Qué consecuencia tiene
para la Iglesia que Jesús sea Rey?
Esta pregunta nos la responde san
Pablo en la segunda lectura cuando nos dice que Dios Padre nos ha liberado del poder de las tinieblas y nos ha traslado al Reino
de su Hijo amado, por cuya sangre recibimos la redención, el perdón de los
pecados.
El papa Benedicto XVI explicaba
que «Este texto
del Apóstol expresa una síntesis de verdad y de fe tan fuerte que no podemos
menos de admirarnos profundamente. La Iglesia es depositaria del misterio de
Cristo: lo es con toda humildad y sin
sombra de orgullo o arrogancia, porque se trata del máximo don que ha recibido
sin mérito alguno y que está llamada a ofrecer gratuitamente a la humanidad de
todas las épocas, como horizonte de significado y de salvación. No es una
filosofía, no es una gnosis, aunque incluya también la sabiduría y el conocimiento.
Es el misterio de Cristo; es Cristo mismo, Logos encarnado, muerto y resucitado, constituido Rey del
universo» (25.11.2007).
Por tanto, el reinado de Cristo implica
para la Iglesia, es decir para cada bautizado, en primer lugar, sabernos salvados
y coheredos del Reino del cielo y por tanto tener la seguridad que nuestra vida
recobra sentido en Cristo Rey, que nos hace participar de su reinado. Y, en segundo lugar, sabernos, como djo el
papa Benedicto, depositarios de este misterio de nuestra salvación y por tanto
comprometidos, como lo hemos pedido en la oración colecta, a comunicarlo así a
la toda la humanidad, que está llamada a servir y a alabar la majestad de Dios
por toda la eternidad.