Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
La Iglesia Universal celebra este
domingo la Dedicación de la Basílica de Letrán, iglesia madre de todas las
iglesias de Roma y del mundo y cátedra del sucesor de Pedro.
Esta celebración busca recordar
lo que significa que un edificio material lleve el nombre de Iglesia, sea éste
tan hermoso como lo es la Basílica de Letrán en Roma o tan sencillo como lo
pueden ser las pequeñas capillas de nuestros pueblos. Porque la palabra Iglesia nos dice que este
edificio es lugar de encuentro con Dios, donde recibimos su gracia
abundantemente y lugar de encuentro con los hermanos.
Esto lo ha explicado, de manera
muy hermosa, la Palabra de Dios que se nos propone para esta fiesta.
La primera lectura nos presenta
un texto bellísimo del profeta Ezequiel.
El profeta tiene una visión: un
torrente de agua viva que mana del templo de Jerusalén y que recorre el
desierto hasta llegar al mar de agua salada, es decir el Mar Muerto. Esta agua, por donde pasa, da vida, árboles
frutales, vegetación, plantas medicinales y sanea el Mar Muerto, un mar que
hasta hoy no tiene vida por la alta concentración de sal.
Esta visión de Ezequiel se da
cuando el Templo de Jerusalén estaba en ruinas y el pueblo estaba en el
destierro, por lo que toda la visión parece una contradicción, ya que el agua
mana de un templo que no existe y el agua da vida a un lugar que es totalmente
desértico por su aridez y por la ausencia del pueblo elegido.
Por tanto, esto viene a indicar
que el lugar sagrado no depende tanto del edificio material sino de la acción
de Dios que con su amor y providencia es capaz de bendecir abundantemente
incluso donde todo, humanamente, parece ruina.
De este modo, la Palabra de Dios
nos enseña que el lugar sagrado, por más hermoso que sea, nunca podrá contener
la omnipotencia de Dios y nunca podrá compararse con las gracias que Dios
quiere regalarnos; pero el edificio material que llamamos iglesia sí es el
lugar privilegiado en el cual podemos experimentar esa misericordia de Dios
que, con sus múltiples gracias, especialmente en la gracia dada con los
sacramentos, quiere enriquecernos a cada uno y comunitariamente.
Esto nos indica un primer detalle
que no debemos olvidar: cada edificio
material, que dedicamos como Iglesia, debe ser lugar de encuentro de la Iglesia
espiritual, es decir de la comunidad de bautizados, que, unidos por la
experiencia de sabernos hijos amados de Dios, nos saciamos de la gracia
sacramental que mana de lo que se celebra en el templo material.
De esta Iglesia espiritual nos
habla san Pablo en la segunda lectura, al recordarnos que la Iglesia se
construye con cada uno de los bautizados que son la casa que Dios edifica,
teniendo como único cimiento válido al mismo Cristo. No existe la Iglesia que no tenga a Cristo
como cimiento, que no transmita sus enseñanzas, que no sea portadora de su luz
maravillosa.
Así nos lo ha recorba el papa
Benedicto XVI, cuando nos decía que: «El Señor Jesús es la piedra que soporta el
peso del mundo, que mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge en unidad
final todas las conquistas de la humanidad. En Él tenemos la Palabra y la
presencia de Dios, y de Él recibe la Iglesia su vida, su doctrina y su misión.
La Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e
instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total servicio a
su mandato. El único Cristo funda la única Iglesia; Él es la roca sobre la que
se cimienta nuestra fe» (07.11.2010).
Esta es otra característica que
no debemos olvidar, cada iglesia material, lugar de encuentro con Dios, debe
ser lugar de escucha de la Palabra de Dios, de la predicación auténtica del
evangelio y de la enseñanza constante y milenaria de la Iglesia.
Esto, lo celebramos
particularmente en esta fiesta, que nos une al Romano Pontífice, porque la
basílica de Letrán es la catedral de Pedro, la catedra del papa, a quien toda
la iglesia se une, en comunión afectiva y efectiva, en unidad de fe y de amor.
Finalmente, el texto del
evangelio de San Juan recuerda el azote
de cordeles que Jesús realiza en el Templo de Jerusalén. Aquel lugar santo por excelencia del pueblo
judío, que en aquel momento era utilizado para el comercio de los animales
destinados para los sacrificios.
Jesús al observar que aquel
lugar, que debía ser para el encuentro con Dios y con los hermanos, no se
utilizaba para esto, hace aquel signo profético. Ante esto, la reacción de los jefes fue
preguntar con cuál autoridad realizaba este gesto.
El Señor responderá que el signo
de su autoridad será el acontecimiento pascual, es decir, su muerte y su
resurrección. Él se presenta como el
verdadero Templo, que aunque lo destruyan, será reconstruido en tres días;
porque él mismo, es decir Cristo Resucitado, es el agua viva que da salvación a
todo el género humano (primera lectura), él mismo es el único cimiento que da sustento a toda la predicación de la
Iglesia (segunda lectura) y él mismo es quien con su muerte y su resurrección
nos deja los sacramentos que enriquecen y acompañan el caminar del pueblo de
Dios, como anticipo de lo que viviremos en el cielo.
Por tanto, cada Iglesia es signo
evidente, de que Dios quiere ser cercano a cada uno de nosotros, porque en la
iglesia material, nos encontraremos con el Señor, verdadero Templo de Dios,
cuando nos reunimos a escuchar la Palabra de Dios y la enseñanza transmitida de
manera constante por la Iglesia desde los apóstoles, cuando nos enriquecemos
con los dones sacramentales que nos configuran como hijos, nos llenan con su
misericordia y su amor, nos envían como testigos del evangelio y nos alimentan
con su cuerpo y con su sangre.
El templo material es donde cada bautizado,
piedra viva de la Iglesia de Cristo, obtiene la fuerza y la gracia para que la
belleza de una Iglesia edificada materialmente se edifique también en medio de
la comunidad de hermanos, comprometiéndonos, como dice el papa Francisco a «construir para Dios un templo en nuestra
vida» (08.03.2015). Esto lo haremos,
cuando las riquezas que obtenemos al encontrarnos en un templo material, las
llevamos a la cotidianidad de la vida, es decir, la unidad, la solidaridad, el
amor, en fin, la enseñanza evangélica del amor, que hace presente entre los
hermanos a Cristo, cabeza de la Iglesia y verdadero Templo de Dios.
Este es el llamado que se nos
hace al celebrar esta fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que
todos los bautizados tomemos consciencia de que somos piedras vivas en la casa
que Dios edifica, es decir, el edificio espiritual que es la Iglesia que hace
presencia en el mundo, con sus palabras y gestos, a Jesucristo.