Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Cada
1º de noviembre, al celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, la
Iglesia nos recuerda que la santidad es la vocación más profunda del corazón
humano. "Sed santos, porque yo soy santo" (Lev. 19,2) no es una frase
idealista, sino un llamado real: vivir con autenticidad y amor en lo concreto
de la vida diaria.
Tal
vez la santidad parezca a algunos algo irreal, reservada para unos pocos o
perteneciente a otros tiempos. Se la ve como lejana, cuando en realidad está a
nuestro alcance: se construye en los gestos pequeños de entrega, en el esfuerzo
silencioso por hacer el bien, en la fidelidad de cada día. Dios nos llama a una
vida plena, donde lo ordinario se vuelve espacio de gracia y cada acto, por
sencillo que sea, se transforma en signo de su amor.
Como
nos enseña el Señor: "El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel" (Lc 16,10). En esa fidelidad cotidiana, humilde y constante, florece la
verdadera santidad.
Hoy,
ser santo es un acto de coherencia y, a la vez, de rebeldía. Es nadar contra
corriente en un mundo que premia la superficialidad, que valora más la
apariencia que la verdad. La santidad no se mide por la cantidad de obras ni
por la ausencia de caídas, sino por la humildad de quien sabe levantarse y por
la pureza de las intenciones. Ser santo no es no caer, sino no rendirse,
levantarse siempre con esperanza.
En
tiempos de prisa e indiferencia, la santidad es detenerse a mirar al otro,
reconocer su dignidad y sembrar justicia en medio del individualismo. Es elegir
la honestidad cuando la trampa parece más rentable; cumplir el deber con
dignidad, aunque cueste; perdonar en silencio y mantener la esperanza cuando
todo parece oscuro. Por ello, como nos enseñaba el Papa Francisco: "No tengas
miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario,
porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu
propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a
reconocer nuestra propia dignidad".
La
santidad hoy, como ayer, tiene rostro humano. Se encuentra en la madre que
sostiene su hogar con paciencia y ternura; en el joven que, a pesar de las
tentaciones, elige la rectitud; en el anciano que ofrece su realidad sin
amargura; en el trabajador que cumple su deber con alegría. Es el voluntario
que ayuda sin buscar reconocimiento, el maestro que siembra esperanza, el
médico que cura con compasión, el ciudadano que construye paz desde lo pequeño.
Ser
santo no es vivir fuera del mundo, sino transformar lo cotidiano en un espacio
de gracia. El Evangelio no nos pide ser perfectos, sino dejar que Dios nos
perfeccione. El verdadero santo no necesita demostrar nada; su valor no
proviene del aplauso, sino de saberse amado por Dios. Camina con serenidad,
confiando en la misericordia divina.
La
santidad, al final, no se conquista: se acoge. Es don antes que mérito, gracia
antes que esfuerzo. Pero acogerla exige valentía: la valentía de creer que Dios
puede hacer maravillas en nuestra fragilidad, la osadía de amar cuando el mundo
se vuelve frío, la decisión de caminar con esperanza aun en medio de la
incertidumbre.
Hoy más que nunca, necesitamos santos, capaces de dejar que la luz de Cristo transforme su vida y, a través de ella, iluminar la de otros.