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Obispo Auxiliar

¿Cómo debemos orar?

Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José

En este domingo, la liturgia nos invita a profundizar en la necesidad de la virtud de la humildad en el contexto de la oración.

La Palabra de Dios sigue guiándonos por el camino de la confianza y la apertura ante el Señor, recordándonos que la verdadera oración es aquella que brota de un corazón humilde y sincero. Así como en el domingo anterior Jesús nos exhortaba a perseverar en la oración con fe, hoy nos recuerda que la humildad transforma nuestro diálogo con Dios y nos permite experimentar plenamente su bondad y misericordia.

El libro del Eclesiástico, en la primera lectura, nos muestra el poder de la oración humilde: «La oración del humilde atraviesa las nubes y el Señor no desdeña la súplica del huérfano y de la viuda».

La palabra de Dios insiste en recordarnos que Dios no es indiferente al clamor del necesitado, al contrario, su corazón se conmueve ante el que está pasando necesidad y vive en vulnerabilidad.

Este mensaje prepara el terreno para la enseñanza central del Evangelio según san Lucas, donde Jesús narra la parábola del fariseo y el publicano que oran en el templo. El contraste entre ambos personajes deja claro que la auténtica oración no se basa en la autosuficiencia ni en la perfección exterior, sino en el reconocimiento honesto de nuestra necesidad ante Dios.

El fariseo, seguro de sí mismo, ora creyendo que no necesita de Dios; se justifica por sus propias obras y, como advertía el papa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazareth, « ?en el fondo (el fariseo), ni siquiera mira a Dios, sino sólo a sí mismo; realmente no necesita a Dios, porque lo hace todo bien por sí mismo.  No hay ninguna relación real con Dios, que a fin de cuentas resulta superfluo; basta con las propias obras.  Aquel hombre se justifica por sí solo». Esta actitud, lejos de acercarlo al Señor, lo encierra en su propio orgullo. En cambio, el publicano, despreciado socialmente, se reconoce pecador y, con humildad, pide compasión. Jesús afirma que este último sale justificado, pues ha puesto su vida en manos de Dios.

Esta experiencia se conecta con la vivencia de san Pablo en la segunda lectura: en medio de persecuciones y dificultades, el apóstol reconoce sus limitaciones y acude a Dios buscando fuerza y liberación. Pablo entiende que la humildad le permite abrirse a la misericordia divina, una lección que también subraya el papa León XIV al afirmar que: «El Evangelio usa la palabra ?humildad? para describir la forma plena de la libertad. La humildad, en efecto, es ser libre de uno mismo. Nace cuando el Reino de Dios y su justicia se han convertido verdaderamente en nuestro interés y podemos permitirnos mirar lejos: no la punta de nuestros pies, ¡sino lejos! Quien se engrandece, en general, parece no haber encontrado nada más interesante que sí mismo y, en el fondo, tiene poca seguridad en sí. Pero quien ha comprendido que es muy valioso a los ojos de Dios, quien se siente profundamente hijo o hija de Dios, tiene cosas más grandes de las que gloriarse y posee una dignidad que brilla por sí sola. Esa se coloca en primer plano, ocupa el primer lugar sin esfuerzo y sin estrategias, cuando en vez de servirnos de las situaciones, aprendemos a servir» (31.08.2025).

¿Cómo podemos vivir esta humildad en nuestra oración diaria? Un primer paso es aprender a reconocer nuestros errores y fragilidades ante Dios. Dedicar unos minutos a revisar nuestro día y admitir sinceramente aquellas actitudes o palabras que nos han alejado del amor y la justicia. Al hacerlo, podemos pedirle a Dios no solo perdón, sino también luz y fuerza para mejorar.

En los momentos difíciles, la humildad se expresa al pedir ayuda a Dios sin reservas, reconociendo que no podemos solos, que nuestras fuerzas no son suficientes. Ya sea enfrentando una enfermedad, la muerte de un ser querido, una preocupación familiar o un desafío laboral, abrir nuestro corazón en oración y confiar en la providencia nos permite experimentar el consuelo y la guía del Señor.

La humildad también se manifiesta en nuestras relaciones personales: escuchar con atención a los demás, pedir disculpas cuando hemos fallado, valorar las opiniones ajenas y evitar juzgar precipitadamente. Practicar la humildad en el trato cotidiano nos ayuda a construir vínculos más auténticos y a reflejar el amor de Dios en nuestra vida.

Jesús nos dice: «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11, 29). Contemplar a Cristo, el humilde por excelencia, nos inspira a pedirle el don de la humildad, convencidos de que es una gracia que viene de lo alto. Al cultivar humildad en la oración y en cada aspecto de nuestra vida, nos abrimos a la misericordia que nos transforma y nos enaltece, como promete el Evangelio.

Que la fuerza que Dios nos regala, de manera particular en la celebración de los sacramentos, nos anime a vivir la humildad de manera concreta, acercándonos cada día más al corazón de Dios y al servicio de los hermanos.

Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo