Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
El
mes de octubre, dedicado a las misiones, nos invita a redescubrir una verdad
fundamental de nuestra fe: la misión evangelizadora no es privilegio de unos
pocos, sino vocación y responsabilidad de todos los bautizados. Cuando el Señor
dice: "Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda criatura" (Mc
16,15), sus palabras no se dirigen únicamente a los apóstoles de aquel tiempo,
sino a todos los discípulos de ayer, de hoy y de siempre; es decir, también a
nosotros.
Ser
enviados es parte de nuestra identidad cristiana. No se trata de una opción
accesoria. El envío está inscrito en el corazón del bautismo. Cada vez que un
cristiano es sumergido en las aguas bautismales, es incorporado a Cristo y
participa de su misma misión: llevar la salvación, el amor y la esperanza de
Dios a los demás. No hay bautismo sin envío, ni fe auténtica que se encierre en
sí misma.
Pero
¿qué significa realmente ser ?enviados?? Ante todo, implica reconocer que la
misión no nace de nuestra iniciativa, sino de la de Cristo. Es Él quien nos
llama, quien nos impulsa y quien actúa por medio de nuestras manos, palabras y
gestos. Cuando el Resucitado envió a sus discípulos, no los dejó solos ni les
encomendó a una tarea imposible; los envió con la promesa de su presencia
constante: "Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt
28,20). Por eso, el verdadero misionero no confía en sus propias fuerzas, sino
en la certeza de que es Cristo mismo quien realiza la obra a través de él.
Entonces,
ser enviados implica también dejar que Cristo actúe en nuestra vida cotidiana.
La misión no se limita a territorios lejanos ni a actos extraordinarios. Se
realiza en los espacios concretos donde cada uno vive: en el trabajo, en la
familia, en la escuela, en los grupos sociales, en la vida pública, en la
política. Allí donde hay una persona que busca sentido, consuelo o justicia,
allí está el lugar de la misión. Evangelizar no siempre significa hablar de
Dios con palabras, sino dejar que Dios hable a través de la coherencia de
nuestra vida, de la manera en que tratamos a los demás, de cómo enfrentamos la
dificultad y el dolor, de la forma en que damos testimonio de la esperanza.
En este sentido, el envío no se mide por la cantidad de cosas que hacemos, sino por la calidad de nuestra entrega. Hay quienes anuncian el Evangelio sin palabras, simplemente por su modo de vivir, por la serenidad que transmiten, por la justicia con que actúan, por la misericordia con que miran a los otros. La misión se vuelve entonces un estilo de vida, una manera de estar en el mundo. Somos enviados no tanto a conquistar, sino a acompañar; no a imponer, sino a iluminar; no a dominar, sino a servir.
En
una sociedad fragmentada, donde abundan la indiferencia y la polarización, el
testimonio del Evangelio se hace urgente. Cada gesto de escucha, de
reconciliación o de servicio tiene valor misionero. Evangelizar es acercar el
rostro de Cristo a las realidades heridas del mundo.
En
este mes misionero redescubramos nuestra vocación bautismal que se renueva cada
día en quienes aceptan ser sus instrumentos. Vivir este envío significa creer
que el Evangelio contiene en sí fuerza transformadora, y que el mundo puede
cambiar si hay quienes, desde su lugar, se dejan conducir por el Espíritu.
Cristo
sigue diciendo hoy: "Vayan por todo el mundo". No es una orden que agota, sino
una promesa que sostiene. Allí donde cada uno se encuentra, puede ser signo de
su presencia. Que esta certeza nos anime a caminar con alegría, sabiendo que no
vamos solos: el que nos envía, camina con nosotros.