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Obispo Auxiliar

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José

El domingo anterior, la palabra de Dios nos recordaba, con la sanación de los leprosos, que Dios es un padre que siempre está atento a las necesidades y súplicas de sus hijos.

Este domingo, esta Palabra que nos enseña y nos prepara para toda obra buena, como nos dice Pablo en la segunda lectura, nos presenta a Jesús exhortándonos a orar siempre y sin desfallecer, precisamente porque este Padre misericordioso siempre nos escucha atenta y compasivamente y no deja de responder a nuestras súplicas.

Para enseñarnos esto, Jesús utiliza una parábola en la cual presenta a un juez perverso, que no temía a Dios ni le importaban los hombres.  Este juez es constantemente buscado por una viuda pobre, que le suplicaba que le hiciera justicia.

La viuda, en la Sagrada Escritura, es sinónimo de pobreza, de soledad, de marginación, de vulnerabilidad y de indigencia.

En la parábola se deja ver con claridad la maldad del juez que desatendió por mucho tiempo la súplica de esta viuda, a pesar de su situación de dificultad, incumpliendo su oficio de hacer justicia.  Es sólo después de mucho tiempo, que este juez llega a atender a la viuda, únicamente para que deje de importunarlo.  La insistencia y la perseverancia de la viuda dieron su fruto.

A partir de este relato Jesús hará una comparación con las súplicas que el ser humano eleva a Dios, manifestando que, si este juez malvado fue capaz de escuchar las súplicas de la viuda, cuánto más Dios que es padre misericordioso, que en Él no hay maldad y que le importa y ama profundamente al ser humano, escuchará y atenderá las súplicas de sus hijos.

Asimismo, este relato evangélico enseña cómo debe ser esta oración de súplica al Señor:  debe ser una oración constante y sin desfallecer; y debe ser una oración con fe.

Con respecto a la primera característica de la oración, la misma Palabra de Dios de este domingo nos muestra un ejemplo cuando, en la primera lectura, nos presenta que, en la lucha del pueblo de Israel en el desierto contra los amalecitas, logran triunfar gracias a la oración constante de Moisés, que, junto a Aarón y Jur, que sostenían sus manos, oraron durante toda la batalla, hasta que YHWH les dio la victoria.

Esta oración constante se hace necesaria, no porque Dios requiera de nuestra oración o porque no conozca nuestras necesidades, sino porque es el ser humano quien necesita de la plegaria constante para sentirse cercano y acogido por el padre misericordioso.

Así nos lo recordaba el papa Francisco: «es necesario que sea una oración constante [?]  no se puede vivir solo de momentos fuertes o de encuentros intensos de vez en cuando para después entrar en letargo. Nuestra fe se secará. Necesita el agua cotidiana de la oración, necesita de un tiempo dedicado a Dios, de forma que Él pueda entrar en nuestro tiempo, en nuestra historia; de momentos constantes en los que abrimos el corazón, para que Él pueda derramar en nosotros cada día amor, paz, gloria, fuerza, esperanza; es decir, nutrir nuestra fe.» (16.10.2022).

Esta enseñanza del papa Francisco nos lleva a considerar la segunda característica de la oración:  la fe.

No es posible tener una vida de oración constante y sin desfallecer si no tenemos fe, si no creemos en que este padre misericordioso nos escucha y nos dará todo lo que necesitamos, en el tiempo oportuno.  Así lo enseñaba el papa Benedicto XVI cuando afirmaba que «es evidente que la oración debe ser expresión de fe; de otro modo no es verdadera oración.  Si uno no cree en la bondad de Dios, no puede orar de modo verdaderamente adecuado. La fe es esencial como base de la actitud de la oración» (17.10.2010).

Esta fe nos ayuda a hacer vida lo que hemos pedido en la oración colecta, es decir que nuestra voluntad sea dócil a la voluntad de Dios, porque si tenemos claro que el auxilio es el nombre del Señor, como hemos dicho en el salmo, podemos comprender que nuestra oración constante siempre tendrá fruto, posiblemente este fruto no siempre será lo que queremos, pero la fe nos asegura que siempre será lo que necesitamos para nuestro camino de santificación.

Por tanto, oremos con constancia y sin desfallecer y hagámoslo con fe, sabiendo que el Dios que es padre bondadoso y misericordioso siempre nos escucha, siempre está a nuestro lado y siempre nos da lo que más necesitamos en el tiempo oportuno.