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Obispo Auxiliar

Bodas de Caná, primer signo milagroso de Jesús

(VIDEO) Mons. Daniel Blanco, obispo auxiliar Arquidiócesis de San José


En el domingo anterior, la fiesta del Bautismo del Señor nos presentaba el momento con el que comienza la vida pública de Cristo.  Después de que el Padre lo presenta como el hijo amado, en quien tiene sus complacencias, Jesús inicia su predicación, llama a los primeros discípulos, realiza los primeros milagros y gestos de misericordia que manifiestan que Dios está presente en medio de su pueblo.

Es precisamente el ministerio público de Cristo, a la luz de la Palabra de Dios proclamada, lo que estaremos meditando domingo a domingo durante este Tiempo Ordinario que hemos iniciado.

El evangelio de San Juan presenta como origen de la vida pública de Cristo el acontecimiento de las bodas de Caná, donde Jesús realiza su primer signo milagroso al convertir el agua en vino.

Este relato evangélico puede permitirnos reflexionar en distintos temas, como la importancia de que Jesús esté en medio de la vida matrimonial para que la alegría nupcial simbolizada en el vino nunca falte o la importancia de María en la historia de la Salvación como intercesora ante los problemas que podemos enfrentar.

Pero quisiera centrarme en un aspecto que nos ayuda a comprender cómo el inicio de la vida pública de Cristo en Caná de Galilea, marcará todo el itinerario del ministerio público de Jesús que culmina con el acontecimiento pascual.

El relato del Evangelio nos indica que ante la observación que María hace a Jesús sobre el vino que se ha terminado, la respuesta de Jesús es: Mujer, no ha llegado mi hora.

En el evangelio de San Juan, Jesús se refiere a María con el apelativo de Mujer en dos ocasiones.  En las bodas de Caná y en el momento de la Cruz, cuando le dice a su madre Mujer ahí tienes a tu hijo.

Cuando en San Juan, Jesús habla de la Hora, habla del momento culmen de su misión salvífica, que es el sacrificio de la Cruz (ha llegado la hora, para esta hora he venido, dice cuando es cercano el momento de la cruz).

Por tanto, Jesús quiere indicar que su ministerio público no puede verse solamente como la acción de un taumaturgo (uno que hace milagros) desarraigado de la acción salvífica que se realizará en la Cruz, sino que; el signo milagroso realizado en las bodas de Caná, todos los demás milagros que realizará y su predicación, se logran entender sólo por la que será su Hora, es decir el acontecimiento pascual:  la Cruz y la Resurrección.

La promesa de Dios anunciada por Isaías en la primera lectura, que llena de esperanza al pueblo en el exilio, anunciando que su tierra ya no será llamada abandonada, sino que será llamada desposada, porque su tierra tendrá marido, hace alusión precisamente a la presencia del Mesías, que como un esposo hace alianza con su pueblo, una alianza nueva y eterna que asegura la salvación.

Esta alianza es aquella sellada por Cristo y que ha sido rubricada con la sangre derramada en el trono glorioso de la cruz.

Nos enseña el papa Francisco al respecto: «De hecho, todo el misterio del símbolo de Caná se basa en la presencia de este esposo divino, Jesús, que comienza a revelarse. Jesús se manifiesta como el esposo del pueblo de Dios, anunciado por los profetas, y nos revela la profundidad de la relación que nos une a él: es una nueva Alianza de amor» (Angelus, 20.01.2019).

Ciertamente los signos milagrosos aseguran la divinidad de Cristo y la certeza de que la promesa de que Dios habitaría entre nosotros está cumplida, pero lo que el signo milagroso por excelencia muestra es que Dios se entrega al sufrimiento y a la muerte para hacer una alianza con nosotros y hacernos participar del banquete de la eternidad.

Iniciemos este tiempo ordinario llenos de esperanza por la certeza de nuestra salvación, donada por la misericordia del Señor en la Hora de la cruz, y que al ir escuchando domingo a domingo la predicación de Cristo, sus milagros y sus acciones misericordiosas, no olvidemos nunca que este pueblo de Dios, que lo formamos todos los bautizados, no podrá ser llamado nunca más abandonado ni devastado, porque el Señor nos ha elegido haciendo una alianza nueva y eterna, que nos asegura una vida junto a Él, una alianza que nunca podrá ser anulada porque fue sellada con la Sangre de Cristo en trono glorioso de la cruz.