La independencia es un
hecho consumado, pero conquistar la libertad será una tarea que nunca ha de
culminar. No por azar el "Himno
patriótico al 15 de septiembre"[1] es un auténtico elogio a
la libertad como exigencia que brota del reconocimiento de la dignidad y el
valor de toda persona humana. La frase: "Sepamos ser libres no siervos
menguados" nos invita a reconocer que la libertad no es tan sólo ausencia de
tiranía o de opresión, sino que ella encierra una lógica interna y un
aprendizaje ordenado a la verdad que se realiza en la búsqueda y en el
cumplimiento de esa verdad:
"Entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres".(Juan
8,32).
La historia nos enseña
que alejada de la verdad sobre el hombre, la libertad se convierte en
libertinaje y en la vida política en la arbitrariedad de los más fuertes o la
arrogancia del poder. La mentira empequeñece al hombre y daña en su esencia
la libertad.
A doscientos años de
nuestra Independencia, la lucha por la libertad ya no se orienta por la ruptura
de cadenas de opresión que nos vinculen a una nación dominante, incluso, muchos
consideran que esa "libertad" fue alcanzada una vez para siempre,
pero, por el contrario, nuestra Patria sufre las constantes acometidas del
sometimiento colonial, ahora encubierto en ideologías impuestas bajo el nombre
de progreso. Nuestra libertad está subordinada a la ideología de turno, nuestra
verdad sometida al control total de gobiernos que, apelando al criterio de
"elección popular" legitiman y perpetuán el sometimiento de las
mayorías.
Las colonizaciones
ideológicas y culturales son nuevas formas de esclavitud mundial, de alienación
de los pueblos y de desprecio de civilizaciones. Como nos enseña el Papa
Francisco, estas son verdaderas «blasfemias y suscitan persecuciones furiosas:
"Introduciendo «novedades» malas, hasta llegar a considerar normal «matar
a niños» o perpetrar «genocidios» para «anular las diferencias», tratando de
hacer «limpieza» de Dios con la idea de ser «modernos» y al compás de los
tiempos." [2]
De modo gradual, también
Costa Rica ha sido subyugada y conducida a este marasmo de adoctrinamiento al
que le arrastran los nuevos colonizadores, aquellos que, atropellando los
valores y principios que la edificaron como Nación, la conducen a la
polarización y a la radicalización ideológico-política que ha llevado a
irrespetar las creencias y la libertad
religiosa, sin considerarlas un valor y un bien muy preciado para toda sociedad
democrática.
El Bicentenario de
nuestra Independencia nos llega en un momento en que nuestras raíces, la
familia y la institucionalidad en general, deben defenderse con firmeza. Nuestro presente nos reclama una mayor
cohesión como país, un esfuerzo y compromiso con la reconciliación y la amistad
social a través de un diálogo sincero que nos lleve a superar la imperante
división.
Que estos doscientos años de vida
independiente nos animen a conducir a nuestro país por caminos de justicia y
verdad, capaces de desterrar la inequidad, la corrupción y la impunidad, en
fin, una Costa Rica en la que las personas cuenten con los mismos derechos,
deberes y oportunidades.
Agradecidos con Dios por
su bondad derramada en nuestro país, le pedimos que los creyentes seamos
capaces de apostarlo todo por la verdadera libertad.[1] Letra:
Juan Ferraz, Música Juan Campabadal, 1883[2] Papa
Francisco, homilía, 21 de noviembre del 2017